Interludio: Rodrigo

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  • Dedicado a David Arahuetes Charco
                                        

—¡Eh, gordito! ¿Hoy no te ha traído tu mamá el bocadillo?

—¡Cuidado! No se vaya a comer nuestra merienda.

—¡O peor! ¡Nos comerá a nosotros!

—¡Corred! ¡Él apenas tiene piernas!

El grupo de niños se aleja corriendo del arenero, levantando una nube de polvo y arena tras ellos. Rodrigo no puede evitar cerrar los ojos y llorar, y no sólo por las partículas que se le han metido en los párpados. Sus redondas mejillas se encuentran ahora empapados por las lágrimas. Sentado en el borde del arenero, se encoge sobre sí mismo mientras oye sus tripas vacías rugir. De repente, ante él, aparecen dos zapatitos de flores de colores.

—¿Quiedes?

Rodrigo levanta la vista. Lo primero que ve delante de sus narices es una galleta rectangular salada. Mira más allá. Unas coletas alegres recogen su pelo negro, un gracioso vestido de cuadros azules escoceses le adornan las piernas e incontables restos de galleta le bordean los morros; aún no había terminado de masticar la que tenía en la boca cuando ya estaba mordiendo otra.

—¿Tú también te ríes de mí? —pregunta Rodrigo limpiándose la nariz húmeda con la manga de su jersey verde.

La niña de las coletas dibuja una expresión de confusión en su cara, como si Rodrigo le hubiese hablado en otro idioma.

—¿Qué? No, solo te he peguntado si quiedes galletas. Mi mamá me ha dado las suyas poque las de chocolate se han acabado. Dice que etas son inte... inte... —A la niña le cuesta pronunciar esa palabra, se pone el dedo al lado de los labios y continúa pensativa— integales...

La preescolar se sienta al lado de Rodrigo esparciendo su gracioso vestido azul por el bordillo del arenero. Ya se ha comido la galleta que iba a dar a Rodrigo pero le ofrece el paquete entero para que las coja él mismo.

—¿Sabes? Mi mamá dice que etas galletas son mágicas. Poque aunque comas muchas, muchas, muchas, nunca te vas a llenar y así no te crece la barriga —dice masticando enérgicamente, soltando pedacitos por la boca, pero a Rodrigo no le importa, más bien, le preocupa otra cosa.

—¿Te parezco gordo? —pregunta mirando al suelo y manipulando vacilante las galletas entre sus manos.

La niña se gira hacia él, interrogante, con los carrillos inflados, como una ardilla, llenas de galleta. Le observa atentamente de arriba a abajo y responde mordiendo otra galleta.

—Te pareces a Momo —dice sin más.

—¿A quién?

—Momo: mi ocito de peluche. Es muy suave y blandito. Me guta que te parezcas a él. Así tendré un Momo en casa y oto aquí. No zé a que te refieres con lo de "godo".

Rodrigo sonríe tristemente y se enjuga la última lágrima de su mejilla.

—Me caes bien, "segundo Momo" —dice la niña tragando.

—Me llamo Rodrigo —corrige sonriente—. Pero puedes llamarme Rodri.

—Hola, Rodi —se sacude las manos y se limpia los labios—. Yo soy Alba.


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