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Bebió todo el contenido de su taza y la dejó sobre la mesa de madera pulida. Los ojos cafés no dejaban de observarlo con detenimiento. La mirada era tan penetrante que se sentía desnudo.
—No voy a morir ¿Sabes?
Hoseok parpadeó. Por primera vez en dos horas.
—Fui un irresponsable —murmuró levantando las tazas y los platos. —No sé en qué estaba pensando.
—Tranquilo —Hyungwon sonrió siguiéndolo hasta la cocina, un camino que ya reconocía hasta con los ojos cerrados. —Lograste salvarme.
Hyungwon mordió el interior de su mejilla. Su idea había sobrepasado su expectativas. Hoseok estaba preocupado y quizás, asustado. Y es que, bueno, las condiciones en qué encontró a Hyungwon no eran las más esperanzadoras. Desde que tenía cuatro años, los padres de Hyungwon detectaron el don que poseía para actuar. Vómitos, nauseas, desmayos, ataques de pánico, hiperventilación, todo tipo de llantos e incluso, personalidades. Hyungwon era capaz crear un escenario trágico en solo unos segundos y nadie ponía en duda la veracidad de su sentir. No era de extrañar que Hoseok hubiera creído que estaba enfermo cuando se veía tan blanco, como una hoja de papel.
—Pudo ser peor —comentó. Recargó su espalda del refrigerador apreciando la ancha espalda y la delgada cintura de Hoseok. —¿Cómo puedes tener esa cintura?
—¿Ah?
Hoseok giró confundido con la esponja en una mano y un plato a medio lavar en la otra.
Las cejas de Hyungwon se movieron con picardía. —Tus proporciones son increíbles. ¿Pasas mucho tiempo en el gimnasio?
—Eres muy hablador —dejó el plato ya limpió en su lugar y secó sus manos. Dio un rápido vistazo a Hyungwon y salió de la cocina. —Creí que serías del tipo que espera las indicaciones de su dueño para hablar.
—Me gusta expresar lo que pienso —declaró.
—Bien.
—Deberías preocuparte cuando no hable —murmuró. Sonrió nostálgico pero Hoseok no lo notó.
Hoseok se detuvo a ver la hora en el reloj de la pared. Había perdido dos horas escuchando a Hyungwon hablar sobre la importancia de la cafeína en su organismo de plástico, y de todo lo que escuchó no recordaba ni el 10% . Ahora conocía dos cosas de su muñeco. Hyungwon era un muñeco parlanchín y tenía una fijación con el café. Debía darle un punto por lo hablador pues su casa ya no estaba más en silencio.
—....entonces el cartero le dijo que quitara los rosales de la acera porque era propiedad pública o sino pasaría sobre ellos la próxima semana —tomó una bocanada de aire y siguió. —En mi opinión el cartero tenía razón. No puede sembrar plantas en medio de la acera, por múltiples razones. Pero la señora es tan testaruda que no le importó la sugerencia y mandó al demonio al pobre señor. Así que ahora estoy esperando a qué sea jueves para ver si el cartero cumple su palabra.