Aquel viernes por la noche, Andrea no logró conciliar el sueño. Su mente era un torbellino de pensamientos enredados, imágenes y palabras que giraban sin control. Por más que intentaba distraerse, la inquietud seguía allí, anidada en su pecho como un peso imposible de ignorar.
Después de revolverse en la cama durante un rato, tomó su teléfono con decisión y marcó un número familiar.
Llamada saliente...
—¡Amiga querida! —exclamó en cuanto escuchó la voz al otro lado de la línea— Tengo demasiado que contarte. ¿Puedes venir a mi departamento ahora mismo?
Carla, su mejor amiga, tardó un par de segundos en responder.
—Claro que sí, amiga, pero... ¿está todo bien? Te noto alterada. ¿Qué pasó?
Andrea se mordió el labio, manteniendo un suspiro.
—Cuando llegues te cuento todo, pero... ¿puedes traer unas botellas de vino tinto?
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—¿Tanto así necesitas verme, Carito? —preguntó Carla con preocupación— Ya me estás asustando... Oye, ¿puedo llevar a Heva conmigo?
Andrea cerró los ojos un instante, intentando calmarse.
—Por supuesto, amiga, trae a quien quieras. Entonces te espero en una hora.
—Allí estaremos, Carito.
Llamada finalizada.
Andrea dejó el teléfono sobre la mesa y exhaló con fuerza, como si intentara expulsar de su cuerpo la tensión que la oprimía. Caminó hasta la cocina y metió un par de copas en el refrigerador para que se enfriaran mientras esperaba el vino. Luego, echó un vistazo a la sala y arrugó la nariz al ver el desorden.
No era un desastre total, pero los cojines estaban fuera de lugar, había un par de chaquetas sobre el sofá y algunos papeles dispersos en la mesita del centro. Decidió recoger un poco, no porque le importara la opinión de su amiga, sino porque necesitaba algo con qué ocupar sus manos y calmar la ansiedad que la carcomía.
Después de unos minutos, sintió que al menos la sala se veía presentable. Caminó hacia su habitación y abrió el ropero con la intención de ponerse algo más cómodo, pero antes de elegir una prenda, sus ojos se encontraron con su reflejo en el espejo de cuerpo entero.
Se quedó allí, observándose. Había un leve rubor en sus mejillas y una chispa de inquietud en sus ojos. Se mordió el labio y, después de un momento de duda, suspir.
—Bah, que me vean como estoy —murmuró, encogiéndose de hombros.
Cuando estaba por encender la música para crear un poco de ambiente, el timbre sonó, sacándola de sus pensamientos.
Respira hondo antes de abrir la puerta.
—¡Hola, Andycita! —exclamó Carla con una sonrisa radiante— Traje los vinos que me pediste.
Andrea sintió cómo su humor mejoraba un poco al verla.
—¡Hola princesa! —respondió, tomando la bolsa con las botellas— Gracias por los vinos, los pondré en el refrigerador y abriré una botella. Pasan.
—Gracias, amiga —dijo Carla, entrando al departamento— Ah, por cierto, te presento a mi prima, Heva.
Andrea sintió cómo el mundo se detenía por un instante. Su cuerpo se tensó al escuchar ese nombre, su respiración se aceleró levemente y un escalofrío recorrió su espalda. Se giró con cierta rigidez, esperando encontrarse con la mesera del restaurante... pero no. Para su alivio, no era la camarera que le atendió tan hermoso en el "restaurante".
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HISTORIAS BDSM
Ficción GeneralGénero: Romance Erótico, BDSM Clasificación: +18 (Contenido explícito, lenguaje fuerte, temáticas de sumisión y dominio) ¿Hasta dónde llegarías por descubrirte a ti misma? En un mundo donde el placer se entrelaza con el dolor, Andrea explora los lím...
