Capitulo 6

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Desde la reunión ya habían pasado dos semanas. Dos semanas en las que Andrea había disfrutado cada día con su nuevo juguetito, explorando cada límite, haciendo travesuras en todos los rincones posibles. Todo transcurría a la perfección hasta que, un día, decidió hacer una visita sorpresa a Carla.

Quería verla, compartir un momento con ella, así que se vistió con elegancia, escogiendo cuidadosamente un conjunto que resaltara su presencia imponente. Compró los chocolates favoritos de Carla y una botella de buen vino, lista para pasar un día agradable... o al menos, eso era lo que planeaba.

Al llegar al edificio de su amiga, notó un auto familiar estacionado cerca. Frunció el ceño, pero no le dio demasiada importancia. Caminó hasta la puerta y tocó con firmeza.

—Carla, abre la puerta. Soy tu princesa —exclamó con ese tono juguetón que solía usar con ella.

El silencio del otro lado se sentía demasiado pesado. Justo cuando estaba por tocar nuevamente, escuchó movimientos apresurados. Pasos. Sonidos entrecortados, como si alguien intentara ocultarse a toda prisa.

Andrea entrecerró los ojos. Su instinto le gritó que algo no andaba bien.

Finalmente, la puerta se abrió y Carla apareció con una sonrisa nerviosa.

—Hola, Andy... —saludó, pero su voz carecía de la calidez de siempre.

Andrea la observará con intensidad, analizando cada pequeño gesto, cada microexpresión que delatara lo que intentaba ocultar.

—Hola hermosa. Traje vino y tus chocolates favoritos. ¿Puedo pasar?

Carla tragó saliva.

—Estaba de salida, carito... —respondió con rapidez— ¿Me acompañas un momento al supermercado? Se me olvidó comprar algunas cosas.

Andrea arqueó una ceja. No podía ser más obvio. Carla jamás salía a esa hora y, mucho menos, a comprar. Siempre hacía sus compras los domingos, sin falta. Y hoy era viernes.

—Dile que salga y dé la cara la persona que se escondió cuando toqué la puerta —ordenó Andrea, su tono firme y cortante como una hoja afilada.

Carla dio un paso atrás, negando con la cabeza.

—Pero si yo estoy sola, Andreita...

Andrea sonrió con frialdad.

—Por tu bien y el de esa persona, no me hagas repetir las cosas.

Carla titubeó. Su mirada se desvió por un instante, delatando su desesperación.

—Ya te dije, carito, que estoy sola...

Andrea cruzó los brazos y la miró con una mezcla de incredulidad y molestia.

—Entonces, si estás sola, no te molestará que entre a tu departamento a cerciorarme.

El pánico cruzó el rostro de Carla.

—¿Acaso no confías en mí?

Andrea soltó una risa seca.

—Te conozco, Carla. Sé cuándo estás mintiendo... y ahora lo que estás haciendo. Así que por tu bien, dile a esa persona que tiene cinco segundos para salir, o ya sabes lo que haré.

Carla bajó la mirada, mordiendo su labio con frustración. Finalmente, soltó un suspiro resignado y gritó:

—¡Ya sal!

El tiempo pareció ralentizarse cuando la silueta de un hombre emergió de su escondite. Andrea sintió que la sangre le hervía. Su mandíbula se tensó, y la furia le nubló la vista. Carla, al notar su expresión, empezó a temblar.

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