Capitulo 3

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El lunes en la mañana, Andrea se despertó sobresaltada, con la respiración entrecortada y el cuerpo cubierto de sudor. Una pesadilla la había sacudido hasta lo más profundo, dejándola con un nudo en la garganta y lágrimas resbalando por sus mejillas. Se incorporó lentamente, sentándose al borde de la cama mientras trataba de calmar su pulso acelerado. Con manos temblorosas, se quitó la blusa empapada y buscó otra en el cajón de su cómoda.

Al ponerse de pie y caminar hacia su cómoda, sus ojos se detuvieron en el calendario pegado a la puerta del ropero. Una fecha resaltaba en rojo como una herida abierta. Su estómago se encogió y, en ese instante, comprendió la razón de su pesadilla. Un suspiro pesado escapó de sus labios antes de cambiarse de blusa. Al mirar el reloj, vio que apenas eran las 5:00 a.m. Demasiado temprano para la mayoría, pero no para ella. Necesitaba despejarse. Se puso ropa deportiva, ató sus zapatillas y salió del departamento, echando un último vistazo a su interior, como si con ello se despidiera de alguien que ya no estaba. Sonrió con amargura antes de cerrar la puerta y empezar a trotar.

El aire fresco de la mañana la golpeó en el rostro, ayudándola a despejar su mente. Corrió cinco kilómetros, dejando que cada zancada ahogara el torbellino de pensamientos que la atormentaban. Sin embargo, al regresar a su edificio, su cuerpo se paralizó de golpe. Su respiración se entrecortó y sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver un auto estacionarse justo frente al pórtico. Con cada paso que daba hacia su hogar, el vehículo se volvía más familiar hasta que lo reconoció. Sus músculos se tensaron y el sudor frío se mezcló con el calor de su carrera.

La persona dentro del auto apagó el motor y bajó del vehículo. Andrea sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—Te dije que nunca más volvieras aquí —exclamó, su voz cargada de furia contenida.

—Y yo te dije que te necesito —respondió la otra persona con un tono suplicante.

Andrea soltó una risa sarcástica, cruzándose de brazos.

—¿Me necesitas? No me hagas reír. Tú lo que necesitas es a otra persona y bien sabes que no soy yo.

—Por favor, no hagas esto —insistió, con la voz temblorosa— Realmente te necesito, Andreita.

Los ojos de Andrea se entrecerraron con desconfianza.

—¿Me necesitas a mí... o a lo que puedo hacer? —preguntó con frialdad.

—Bueno... te necesito a ti, Andreita. Y también a lo que puedes hacer —admitió con un susurro.

Andrea apretó los puños y su mandíbula se tensó.

—Te doy cinco segundos para que te subas a tu auto y desaparezcas de mi vida. No hay nada que puedas decir que me haga cambiar de opinión.

El silencio se estiró por unos segundos hasta que la otra persona pronunció un nombre que heló la sangre de Andrea.

—Cecilia... —susurró con la voz entrecortada.

El mundo de Andrea se tambaleó. Sintió un puñal invisible atravesarle el pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, pero se negó a mostrarse vulnerable frente a ella. Tragó saliva con dificultad y su respiración se volvió errática.

—No tienes ningún derecho a mencionar su nombre —rugió, incapaz de contener su furia.

—Ella te necesita —insistió.

—¡Ella está muerta! —bramó Andrea, sintiendo cómo su corazón se desgarraba con cada palabra—. ¿Cómo es posible que me pueda necesitar?

—Cecilia no está muerta —respondió con voz firme—Está viva y realmente te necesita.

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