Harta de soportar a un marido infiel, una cuñada entrometida y a medio mundo que se puso en su contra, la condesa Miriel optó por planear un divorcio conveniente.
-Ella y el conde son unas víboras háganme caso y empaquen sus maletas- planeaba sacar...
El ayuntamiento se hizo eco de que Louis Banner merodeaba los alrededores después de hallar a varias crías de sus animales ultrajados y muertos. Pero lo que dejó en claro que debían tomar cartas en el asunto, fue el ser visto huyendo entre los maizales por las niñas atacadas con anterioridad.
Los guardaespaldas, cabalgaron para llegar a sus empleadores con la noticia de que se dirigía al sureste, por lo que aguardaban su presencia cerca de la finca de los Nimrodel a más tardar al anochecer.
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La idea de capturarlo fue planificada de tal manera que una vez cayera en la trampa de que los habitantes de la mansión estaban durmiendo, ya habría docenas de hombres siguiéndolo.
Un profundo rencor de Bryton Kiendili por traumar a sus hijas, dispararle tanto a su mujer como a el y matar a sus empleados, provocó que todo el ayuntamiento se pusiera de acuerdo en lincharlo sin llamar a las autoridades como venganza por el pánico que causó entre las jóvenes y granjeros.
La noche acaeció y con ella, Louis cometió el error de fiarse de la suerte. Como se esperaba, se metió a la mansión de los Nimrodel y entre disparos, el infeliz causó un incendio que estaba siendo contenido para luego escapar a caballo.
Una carrera que pretendía acorralarlo, dejó boquiabiertos a todo el vecindario. La gran mayoría había enviado a sus mejores cazadores y sabuesos, mientras los demás protegían sus propiedades para cerrarle el paso.
Aún bajo la lluvia, las personas vestidas con impermeables salían a las terrazas y los techos para observar el macabro espectáculo pero maldiciendo que nadie era capaz de atraparlo.
Perdiendo la esperanza de derribarlo, lo inconcebible hizo acto de presencia para que los testigos de aquel día jamás pudieran olvidarlo. La visión de la muerte montando un corcel negro azabache que revoleaba una segadora, les hizo tragar saliva.
Los gritos de que la pelea se estaba dando en los manzanares de los Ruud, solo hizo que todos corrieran para allá y aquellos que llegaron antes, vieron la brutal destreza con la que el caballo negro era manejado hasta saltar un muro alto e imposible para cualquier mortal.
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