Harta de soportar a un marido infiel, una cuñada entrometida y a medio mundo que se puso en su contra, la condesa Miriel optó por planear un divorcio conveniente.
-Ella y el conde son unas víboras háganme caso y empaquen sus maletas- planeaba sacar...
Los 13 niños, fueron guiados a una habitación donde los sirvientes los sentaron y ataron para evitar que escaparan cuando comenzaron a pintarles la cara con una laca transparente y ácida.
Ningún sirviente abrió la boca para explicar la razón cuando el olor a barniz viejo mezclado con aroma a podrido, casi hacen que Jordania vomitara pues todos en el castillo, tenían el mismo hedor. Los maquillaron para dejarlos con el aspecto de muñecas y después de tres horas tortuosas, los liberaron en el jardín.
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Sus rostros endurecidos no les permitían mover ningún músculo facial, salvo hablar a duras penas. El ardor del químico, los hizo llorar y en cuanto vieron llegar a la causante de su sufrimiento, la maldijeron.
La reina Ursa acompañada de sus adorados cinco nietos, saludaron a sus nuevas adquisiciones y como un maldito chiste, ordenó a los príncipes trillizos de 11 años, jugar con los nuevos juguetes.
-Excelente trabajo!- Edelmir felicitaba a los maquillistas
-No rompan las muñecas de la abuela como la última vez!- Sigurd animaba a los trillizos a correr hacia los niños lacados parados en el jardín
El itinerario, no era precisamente para ellos. Estaba dirigido a los nietos de la reina que buscaban diversión.
-Jueguen todo lo que quieran porque mañana, es el último día- sentándose a merendar, Ursa y Edelmir se entretendrían
Sigurd en cambio, vigilaría que sus hermanos menores no mataran a nadie pero con ánimo de dañar a ciertas personas, señaló a Colette y Jordie como las más resistentes.
Los trillizos se acercaron para a continuación, solicitar a los sirvientes un par de palos para golpearlas. Al no poder mostrar queja alguna en sus rostros por estar endurecidas, sólo las lágrimas de dolor fluían.
Sybil y las demás al intentar detenerlos, recibieron su tajada. Fueron golpeadas por mero placer de un trío de mocosos delirantes. Al presenciar lo que les aguardaba en breve, uno de los jóvenes salió corriendo de ese loquero pero no llegó lejos...
-Arghhh!!!‐ lanzando un alarido, cayó de rodillas al suelo
-Creo que aún no les han dicho que no pueden salir de los límites del Jardín de la Serpiente. Si lo intentan nuevamente, serán pacificados- Edelmir se burlaba de los recién llegados mientras bebía su jugo
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