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El año había comenzado mal para Carlos. En realidad, el anterior terminó peor de lo esperado y las consecuencias se estaban sintiendo fuerte.
A mitad de la temporada le habían avisado que las probabilidades de que su contrato fuera renovado no eran altas, cosa que creyó imposible ¿Quién sería tan, o más, bueno que él para ese puesto?
Tú. Tú eras tan, y hasta más, buena que él para aquel asiento que Ferrari te dió bajo un contrato de tres años futuros para correr en la escudería junto a Charles Leclerc.
Buscó otra escudería que lo quisiera, pero para el momento en que la noticia le llegó y en qué salió a buscar otro asiento para él ya los demás estaban ocupados.
El año había comenzado excelente para tí. En realidad, el anterior fue mejor de lo esperado y el fruto de tu esfuerzo estaba pisando fuerte en el paddock.
— Por la chica de Ferrari — brindó Lewis en aquella fiesta que él había organizado durante las vacaciones a mitad de año de la fórmula 1.
— Por la chica de Ferrari — gritaron los demás presentes.
Sonreíste mientras Lando pasaba un brazo por encima de tus hombros, Charles aplaudía con entusiasmo y Daniel les sacaba una foto. Carlos parado a un costado no era capaz de entender porque tenías a todos envueltos en tu dedo, como si te amaran desde el primer segundo a pesar de que fuiste la causa de que él quedará fuera de la F1 esta temporada.
En algún punto de la noche dejaste a tus amigos para ir al baño y retocar tu cabello. Y agradecías no estar haciendo otra cosa porque la puerta fue abierta por Carlos y siquiera tuvo la vergüenza de retroceder al verte, sino que con más razón entró.
— Felicidades ¿No? — dijo con sarcasmo.
— Carlos yo enserio lo siento mucho — trataste de explicar con pena.
Él vio eso en tus ojos, la pena que sentías por él, haciendo que la furia creciera más en su interior. Le parecía tan falso tú intento de compasión.
— ¿Qué sientes? — preguntó mientras se acercaba a tí para acorralarte contra el mármol.
— Que te quedaras fuera de la temporada. Pero es que debes entender que no fue mi culpa, yo nunca
— Bla bla bla ¿Es que acaso no te cansas de hablar tanto? — preguntó antes de estampar sus labios contra los tuyos.
Tus pies tambalearon un segundo por el impacto, pero tus manos en sus hombros te hicieron recuperar la postura.
¿Por qué lo besaste? No tenías idea, durante meses hizo todo lo posible para que supieras que te odiaba, pero eso no significaba que tú lo hicieras.
Su beso era rudo, no estaba enamorado de ti. Era una clara expresión de cómo se sentía ante el hecho de que todo lo que era suyo poco a poco comenzó a compartirlo contigo.
Carlos no tenía en mente enamorarte con su beso, sino dejar en claro sus sentimientos a tí, cómo veía él tu llegada. Ruda, una intromisión a su hogar, como si hubieras abierto la puerta sin siquiera pedir permiso o tocar antes.
Te adueñaste de todo lo suyo como una plaga, cómo sus manos en tu cuerpo, tocando cada sentimiento, sin dejar ningún área fuera de su alcance.
— Tal vez te odie demasiado, pero eso no significa que no tenga ganas de darte la vuelta y follarte aquí mismo — dijo entre jadeos al separarse de tus labios.
Para tí fue como un respiro, aunque no demasiado largo, porque en cuestión de segundos su boca estaba de nuevo sobre la tuya.
Mientras tus pulmones clamaban por aire tu mente lo hacía por sus manos, porque dejarán de jugar sobre tu ropa y tocaran tu piel de una vez por todas.
Sus dedos se adentraron en la abertura de tu vestido, dando caricias fugaces a tu columna, provocando suaves escalofríos en tu cuerpo. Sus manos no se detuvieron, sabían que allí detrás no conseguirían mucho, y en vez de ello fueron al tajo en la pierna de ti vestido para tocar más de ti.
Lo sentiste acariciar tu ropa interior, sintiendo lo mojada que estabas por él y sonrió con arrogancia en tu boca.
— Pequeña puta, te mojas por un insignificante beso. Cómo se nota que me deseas.
— Por favor Carlos — pediste.
— ¿Por favor, qué?
— Quiero que me toques — respondiste desesperada.
Movió tu ropa interior de lugar y sentiste cómo sus dedos tocaban tu humedad. Tu boca se abrió de golpe, agradecida de que fuera directo a lo que necesitabas.
Unos golpes en la puerta te distrajeron, aunque no a Carlos que aún seguía trazando un camino en tí para llegar a tu entrada.
— ¿Está ocupado? — sentiste que preguntaba Esteban del otro lado de la puerta.
— Sí.
No sabías si fue una respuesta o un gemido por los dedos de Carlos entrando en tí con total facilidad. Fuera lo que fuera ya nadie tocaba la puerta y estaban solos de nuevo.
— Estás tan mojada — dijo con sorpresa.
Tus manos fueron a tocarlo, bajando de a poco por su pecho hasta la hebilla de sus pantalón, pero con un golpe en tu trasero que hizo saber que no era una buena idea tocarlo.
— ¿Acaso te permití tocarme?
— Tu tampoco me pediste permiso — atacaste.
— Tampoco te negaste — dijo metiendo sus dedos rápidamente hasta el fondo.
— Por Dios — gemiste.
— Con que eres religiosa — se sorprendió — aunque me encantaría verte rezar será mejor que ahora te calles la boca si no quieres tener a diecinueve hombres afuera sabiendo que te estoy follando.
Sus movimientos fueron más rápido, haciendo que la burbuja de placer dentro tuyo comenzara a crecer, a punto de reventar para llevarte a la cúspide de tu placer.
— Carlos — susurraste.
Pero Carlos no venía para darte amor y lo dejó saber desde el segundo uno. No era el príncipe que te daría un momento color rosa, era el envidioso que esperaba hacerte saber el odio y las ganas que te tenía.
— ¿Vas a venirte?
— Sí, lo haré — respondiste.
— Puede que lo hagas, pero no ahora — dijo antes de sacar sus dedos de adentro tuyo.
Te dejó allí apoyada, buscando estabilizar tu respiración y procesar lo que acababa de pasar mientras él lavaba sus manos como si no le interesará en lo más mínimo nada.
— Apenas puedas, vuelve con los demás. Esteban necesita el baño — dijo antes de salir de allí.