CAPÍTULO DOS

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¿Ayudarla a tener su primer orgasmo? 

Joaquín se pasó la siguiente hora tratando de sacarse de la cabeza las palabras de Lucía Cuervo. Era una idea tan loca que daba risa. Esa mujer, obviamente mala bebedora, se le había insinuado de la forma más directa. 

Una mujer sin glamour y sin las dotes seductoras que él esperaba de una amante. Aun así, Joaquín no pudo evitar acariciar la idea de ofrecerle su primer orgasmo. ¿Era la idea de iniciarla en los placeres de la cama lo que lo excitaba? ¿O era la misma Lucía?

Sin duda, el color rosado de sus mejillas se le extendería por los pechos. Esos ojos oscuros brillarían y sus delicados labios se abrirían en un gemido o, tal vez, en un grito, mientras él la llevaba en los brazos a la cima del placer.

Al imaginársela desnuda bajo su cuerpo, temblando de pasión, un erección lo poseyó al instante.

El sonido de su teléfono le avisó de una llamada a distancia del encargado de uno de sus hoteles. Eso le salvó de tener que responder. Después, cuando hubo terminado de hablar, se giró para decirle a Lucía que debía irse, pues tenía que trabajar, pero la encontró dormida.

Al principio, había sospechado que era una trampa. Sobre todo, por lo sensual que estaba acurrucada en el sofá, con las manos bajo una mejilla y los pies desnudos sobre un cojín. Sin embargo, sus pequeños ronquidos ocasionales le sacaron de dudas. Nadie podía fingir esos ronquidos con la intención de seducirlo.

En ese momento, sentado ante su mesa en el otro lado de la habitación, intentando revisar el contrato que su encargado le había enviado, volvió a posar los ojos en ella.

¿Cómo se atrevía a hacerle una proposición así y, luego, quedarse dormida? Lucía se puso boca arriba, dejando entrever la curva de sus pechos por el escote del vestido que le quedaba grande.

A Joaquín se le aceleró el pulso. Con la boca seca, vio cómo asomaba uno de sus pezones. Tenía la falda levantada sobre las rodillas. El resto del cuerpo estaba tapado.

No tenía por qué resultar atractiva y, menos aún, seductora. Sin embargo, él no pudo contener una poderosa erección.

Quizá fuera por su boca carnosa, apetitosa. Tal vez fuera por la novedad de no saber nunca qué iba a decir ella a continuación. Su alegre franqueza o su combinación inesperada de delicadeza y agudeza.

¿O era por sus insinuaciones de que él le resultaba atractivo? Tal vez, por su rubor, sus ojos brillantes cuando le había pedido que le hiciera llegar al orgasmo. De todos los intentos de ligar, esa frase había sido la más ingeniosa que él había oído jamás.

Joaquín se volvió hacia la pantalla del ordenador. Pero no lograba ver el documento que tenía delante, sino la piel sonrosada de Lucía y su mirada retadora.

¿Hacerle llegar al orgasmo? El problema era que la idea le resultaba demasiado tentadora.

Era cierto que Joaquín ya no entregaba su corazón cuando hacía el amor, pero se enorgullecía de ser un amante generoso. La satisfacción de su pareja le daba placer. No era la clase de hombre que se llevaba a una mujer a la cama y la dejaba descontenta.

Haciendo un esfuerzo, intentó concentrarse de nuevo en el contrato. Terminaría de leerlo y, luego, despertaría a la señorita problemática y la enviaría en un taxi a su casa. Después, se acostaría unas horas para poder ir a trabajar al día siguiente, a pesar de que era domingo.

Una vocecita en su interior le susurró que su vida debía de ser muy triste, si lo mejor que tenía que hacer un sábado por la noche era revisar un contrato, enviar a su casa a la mujer que le gustaba e irse a la cama solo, con el único objetivo de trabajar a la mañana siguiente.

EN SUS MANOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora