𓆸Los ojos de Suguru se abrieron con sorpresa.
—Mañana te arrepentirás de haber dicho cosas tan estupidas, Toru. —respondió nuevamente relajado. Solamente dijo eso.
Satoru no tuvo tiempo para reprochar, aunque pudo hacerlo, el sueño que tenía combinado con el estrés y preocupaciones, no lo dejaron ni si quiera abrir ligeramente sus labios, pues sus párpados cayeron rendidos al igual que su cuerpo.
Cuando despertó, quería y deseo con todas sus ganas que el techo le cayera encima, o que por alguna razón extraña un meteorito se estrellara en su departamento para finalmente morir y no tener que recordar nada de lo qué pasó en la madrugada. No podía creer que finalmente se le había declarado a Suguru de la manera menos romántica posible (al menos no de la manera en la que él espero hacerlo). Algo que lo reconfortaba medianamente es que Suguru no había tomado en cuenta sus palabras, aunque era como una espada de doble filo, a pesar de que lo reconforto, le hizo sentir mal el hecho de que no tomo en serio lo que dijo, y que él quedo como un tonto ebrio diciendo paradojas.
En su cabeza martillaba un punzante dolor que ni si quiera el batido verde que le preparó Haibara lo pudo ayudar, y el hecho de que no había visto a Suguru por ningún lado toda la mañana tampoco estaba ayudando a quitar el estrés de su cabeza.
Satoru realmente pensaba que estaba a punto de morir.
—Luces como la mierda. Creo que incluso mi abuela el día de su fallecimiento se veía mejor que tú ahora mismo. —dijo Shoko entre carcajadas, tapando su boca de manera torpe.
—A veces me pregunto si tienes sentimientos, pero no por mucho tiempo, siempre termino recordando que eres una maldita pioja insensible —respondió Satoru irónicamente, con una falsa sonrisa adornando su rostro.
Shoko soltó un chillido agudo, dramáticamente mientras lo observaba con una cara de desagrado y rechazo.
Los minutos y horas pasaron, Satoru cada vez se sentía peor, no por el hecho de la resaca, sino por lo tonto que había sido, creyendo sus falsas ilusiones de que quizás podría tener algo o ser correspondido por Satoru, él ni si quiera lo había tomado en cuenta, y seguramente lo olvidarían, y Satoru se odiaba tanto a sí mismo por eso.
Afortunadamente, Shoko ya se había ido a su facultad, o quizás a su casa, Satoru no quiso preguntar, pues realmente no le importaba en lo absoluto a donde iría, ahora su mente solo pensaba en Suguru, solo Suguru, nadie más.
Y hablando del rey de roma.
—Hola, Toru. — Los ojos de este se abrieron como dos platos blancos, su corazón comenzó a latir con fuerza y de manera rápida, y sus manos comenzaron a sudar.
Enamorarse realmente era jodido.
Satoru tragó con fuerza y no respondió, porque si lo hacía sabia que sus palabras se enredarían entre si y no podría ser capaz de formular una oración sin trabarse, y no quería que Suguru escuchara su parte débil, no quería que lo viera rendido ante su voz, su cuerpo, todo él hacía que Satoru se volviera un manojo de nervios completo, y él no era así, joder, y tampoco quería serlo, pero como Suguru podía ser tan...Suguru.
— ¿Satoru? — volvió a preguntar, acercándose a él aún más, Satoru no pudo soportarlo.
Se levantó rápidamente del escritorio y caminó a zancadas rápidas a su habitación, dejando a un Suguru confundido a mitad de la sala de estar.
Suguru lo siguió y jalo de su brazo antes de que Satoru se metiera en su habitación, el jalón repentino hizo que quedara a escasos centímetros del contrario, con la respiración agitada, que, obviamente, Satoru no sabía a que se debía...¿verdad?
Satoru no pudo evitar bajar la mirada a sus labios, y mordió sus propio labio con fuerza, desviando sus ojos en un intento de escapar de esa situación tan agobiante.
¿Cómo paso de sentir que su cabeza iba a explotar, a que su corazon iba a explotar?
—Dime algo. —pidió el peli negro, con un tono preocupante, tanto así que Satoru casi pensó que podía corresponderle, pero muy en el fondo sabía que solo era amistad.
— ¿Que quieres que te diga, qué fui un tonto, que no debí haber hablado ayer, que arruine todo? —preguntó en un susurró desesperanzado.
—No arruinaste nada, Satoru, somos los mismos de siempre. —respondió con una sonrisa tranquilizadora.
Esa tonta sonrisa que hacía que el corazón de Satoru se desvaneciera en pedazos, esa tonta sonrisa que hacía que todo su rostro se iluminará, que lo reconfortó tantas veces.
Satoru solo suspiró, negando. —Lo siento, Suguru, no puedo estar aquí sin poder verte a los labios y desear que estuvieran pegados a los míos, no puedo. —negó, tratando de alejarse nuevamente.
Suguru lo jalo nuevamente, dejo su mano sobre su nuca y lo besó.
Lo besó.
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La Esquina de la Calle 8 • Satosugu
Romance¿No te parece un poco anticuado que con 18 años de edad, un viernes por la noche, este escribiendo reseñas de comedias románticas Francesas? Es una total basura... Satoru y Suguru jamás fueron iguales, no obstante estaban pegados el uno al otro com...