CAPÍTULO VEINTISÉIS - UNA NOTA

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GUILLERMO

Otra semana así y comienzo a escribir una nota de suicidio. He trabajado tanto en la facultad que el martes me dormí en el sillón que tenemos en el departamento. Al menos a mí no me molestan las luces que siempre están encendidas. También tuve que pedir en el spa que me pasaran dos masajes que tenía el viernes para el sábado, pero por fin puedo decir que ya he terminado mi colaboración con el proyecto en el que estoy trabajando con el profesor alemán y que también estoy más que al día con mis dos facultades y el Departamento de Física Cuántica.

En dos semanas comienzan los exámenes y los compañeros están como locos en ambas facultades. Sé que es importante aprobar y, en muchos casos, queremos sacar buenas notas para continuar en el mundo académico. Yo me he estado preparando durante todo el semestre, así que no dejo que los nervios de última hora se apoderen de mí.

Además de estudiar y trabajar, no he hecho absolutamente nada, salvo almorzar tres días en la facultad con mi primo y cenar anoche con él, que me dejó en mi piso cuando se encontró con Tito, que estaba librando.

No entiendo la relación de estos dos. Éric se ha acostado un par de veces con un adonis, que es como lo llama él, y después queda con Tito como si nada. A eso se le llama una relación abierta.

Yo tampoco estoy siendo mucho más coherente con Carmen. El domingo por la mañana nos interrumpió mi primo, porque si no, me hubiese masturbado y yo se lo hubiese permitido de buen grado.

Cuando salimos a desayunar, nos comportamos como amigos, aunque no podía dejar de recordar sus gemidos y todas las promesas que no pudo cumplir. Ahora es lo primero que se me pasa por la cabeza en cuanto me despierto y tengo que quemar toda mi frustración sexual en la cinta de correr que tengo en casa, porque no he tenido tiempo ni de ir a nadar.

Desde ese día intercambiamos mensajes, deseándonos los buenos días y las buenas noches y recordando alguna tontería de las nuestras, pero ninguno de los dos ha nombrado lo que sucedió la última vez que estuvimos solos en su habitación.

Mi primo me hizo contarle lo que estaba haciendo exactamente cuando me llamó, en cuanto dejamos a Carmen en su piso. Se estuvo riendo de mí durante media hora por ser tan palurdo, puesto que no se puede definir de otra forma.

La única persona sensata en mi vida es el bueno de Leo. Esta mañana he ido solo a nadar porque, al ir a las ocho y media de la mañana, ya estaba abierta la piscina que está a quinientos metros del piso y, encima, es en línea recta.

Tardo cinco minutos en llegar a la piscina a la que me lleva Leo en su coche. Solo abre a las siete de la mañana entre semana, por lo que eso de levantarse temprano y nadar los fines de semana, como hacía cuando vivía con mis padres, se acabó desde que me mudé. A no ser que me pase una semana con mi abuela, y hace meses que eso no sucede.  

En cuanto vuelvo al piso, lo primero que hago es escuchar un mensaje que me ha enviado Joseph, el bueno del doctor Müller-Hernandez. Hemos trabajado codo con codo desde que nos conocimos y, a pesar de ser bastante reservado, conmigo se ha abierto bastante.

Corro igual que si me persiguiese una jauría de perros cazadores. Después de nadar es lo mejor para quitarme todo el estrés acumulado de toda la semana. Estoy haciendo un sprint final cuando tocan a la puerta.

Mi primo no puede ser, porque él abriría la puerta como si tal cosa, a no ser que se haya olvidado las llaves en algún sitio.

—Hola —escucho incluso antes de que pueda percibir su olor.

—¿Carmen? ¿Ha pasado algo? —me preocupo, porque hasta donde yo sé, ella ni siquiera sabe dónde vivo.

—Tu primo me ha dicho dónde encontrarte. Esta semana has estado muy ocupado. ¿Puedo pasar? —me pregunta.

¡VOY CIEGO! - TERMINADOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora