GUILLERMO
Es el día de cumpleaños más importante de mi vida si no tenemos en cuenta cuando cumplí once e invité a algunos integrantes del equipo de natación con la esperanza de que me dejaran entrar en su equipo, aunque después de todo, ni siquiera se dignaron a venir.
Llevo toda la mañana trabajando en el departamento para poder salir a las dos y así llegar a tiempo al almuerzo de las tres en casa de mi abuela, que celebramos como todos los años.
—Felicidades, primo. Hoy voy a hacerte el gusto en todo —me saluda mi primo al entrar en el piso como Pedro por su casa, poniéndome la canción Te regalo de Carlos Baute en el teléfono móvil.
—Cancela lo de esta tarde, por favor —le suplico.
—Sabes que no puedo. Además, tu novia ya conoce a la mitad de la familia.
—Sé que alguien va a meter la pata —dramatizo.
—Tampoco pasa nada porque se entere de quiénes son tus padres o qué estás estudiando. A Carmen no le va a importar —me tranquiliza.
—Pero quiero decírselo yo, porque lo que sí le va a molestar es que no se lo haya dicho yo mismo —intento que me entienda.
—¿Por qué no se lo has dicho?
—Porque no he encontrado el momento.
—Si no te dedicaras a follártela todo el tiempo que estáis a solas.
—Sabes que eso no es cierto —me molesto.
—Este mes has gastado más condones que yo —me echa en cara, como si eso fuese un crimen.
—¿No ibas a hacerme el gusto en todo? —le recuerdo.
—No me has pedido nada.
—¿Me dejas conducir hasta la casa de la abuela? —le pido, intentando no parecer demasiado ansioso.
—¿Crees que podrías llevarlo sin tener un accidente? —me pregunta Éric, que está mucho más loco que yo.
—Por supuesto —le respondo, serio.
—Pues vámonos, que si no llegamos tarde —me dice para mi alegría.
No es la primera vez que conduzco un coche, pero nunca lo he hecho en una carretera con otros vehículos, semáforos y demás objetos que puedan influir en mi conducción. No puede ser mucho más complicado que ir en la moto.
—Cuídamelo —me pide mi primo, cuando me da las llaves y yo parezco un niño en la mañana de Reyes.
Mi abuela vive a las afueras de la ciudad y solo tardamos diez minutos en llegar, pero la sensación de poder conducir es impagable.
—Ni siquiera se te ha calado —me dice mi primo, orgulloso, mientras nos dirigimos a la entrada de la vivienda.
—Gracias, sé que al principio estabas cagado.
—Si me llegas a rayar el coche, tu padre me compra uno —bromea Éric, como si a él le importase mucho la pintura de la carrocería.
Ni siquiera me da tiempo de llegar hasta la puerta y mi abuela sale a darme un abrazo y docenas de besos. No conozco a nadie a quien le guste besarme tanto. En realidad sí, pero para mi suerte, los besos no se parecen en nada.
—Veinticuatro años. ¡Quién tuviera tu edad! —me dice mi abuela mientras me besa y abraza.
—Mamá, déjanos un poco para los demás —le riñe mi madre a la suya.
—Hay para todos —le dice mi abuela sin separarse de mí.
Todos me felicitan en cuanto Éric y yo entramos en la casa. No somos muchos porque mi prima Tania no pudo venir. Sin embargo, para mi sorpresa, Albert, mi primo, ha venido a verme. Habla perfectamente el español, aunque con un ligero acento que apenas se nota.
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¡VOY CIEGO! - TERMINADO
RomanceElla llama la atención a simple vista y él... A él no le afecta porque va ciego, pero no de ginebra; es invidente. ¿Amor a primera vista? Intuís mal. Carmen está aburrida de los chicos que intentan salir con ella como si fuese un trofeo, hasta que c...
