CAPÍTULO CUARENTA - ANIVERSARIO

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GUILLERMO

Escucho la música y sé que mi mujer está despierta. Anoche llegó tarde a casa porque su vuelo se retrasó y estaba tan cansada que no pude ni hacerle un masaje, ya que se quedó dormida antes de que me diera cuenta.

Se supone que este mes no íbamos a trabajar ninguno de los dos, pero desde que nos casamos hace cinco años siempre ocurre algo que nos fastidia un poco las vacaciones, aunque ya estuviésemos casi de vuelta en casa.

Cuando la gente escucha mi historia, me pregunta cómo era mi vida antes y cómo era después de ver. Yo siempre les interrumpo y les digo que el único cambio que realmente es relevante para ser nombrado es mi vida antes y después de Carmen, mi esposa y la madre de mis dos hijos.

Desde que Ute desapareció de nuestras vidas, todo ha ido sobre ruedas y nunca mejor dicho, porque me acabé sacando el carnet de moto y luego de coche. Sin embargo, suelo montar en moto con Éric con mis gafas de ciego, un nombre que en más de una ocasión me han dado ganas de patentar.

Mis hijos también las llevan casi siempre que estamos en casa y alguien enciende la luz. Los he educado como si fuesen ciegos y, aunque mi familia me tachó de loco al principio, ahora que se han dado cuenta de todas las ventajas que eso supone, no se cansan de alabarme, sobre todo mi padre.

Normalmente, los llevo conmigo a la piscina, pero ayer se quedaron a dormir en casa de mis padres, ya que hacía un mes que no los veían.

—¿Hoy no me traes el desayuno? —me pregunta mi mujer, cuando entro con las manos vacías a nuestra habitación.

—No quería repetir lo del año pasado. Feliz aniversario, bonica —le digo, quitándome las gafas para poder observarla.

—¿Qué es esto? —se extraña al dejarle una cajita en la mano.

—Sé que dijimos que nada de regalos por nuestro aniversario. Te lo iba a dar antes, pero anoche te dejaste dormir en el coche —le digo, mimoso.

Mi mujer, que es muy curiosa, abre la cajita y se queda mirando la llave sin entender nada.

—¿No echas de menos tu moto? —le digo, a ver si lo pilla.

—¿En serio? Tenemos que dar una vuelta —me dice, levantándose de golpe de la cama.

—No, ahora es cuando llegas de un viaje y me cuentas cómo está mi familia y lo aburridas que han sido esas reuniones y yo hago lo posible para que te desconcentres y no sepas ni lo que estás diciendo —le digo, poniendo mi cuerpo sobre el suyo para que no pueda moverse.

—Se nos acabaron los preservativos y estoy segura de que no le pediste ninguno a Éric y mucho menos que fueses a comprarlos —me dice con razón.

—Me corro fuera —le aseguro desesperado, porque hace una semana que no echamos un polvo en condiciones con dos niños en nuestra habitación por las noches.

—Eso me dijiste una vez y ahora tenemos a Marco —me recuerda.

—Y no podrás negar que fue una sabia decisión —le hago chantaje emocional.

—No puedo quedarme embarazada ahora. El año que viene queremos hacer mil cambios en la empresa —se queja mi mujer.

—¿No quieres tener más hijos? —le pregunto, descolocado.

—¿Con dos no es suficiente?

—Me haré cargo totalmente del tercero —le ofrezco.

—Eso ya lo has hecho con Carla y con Marco. No es que diga que los niños te impidan trabajar. Te he visto llevar a esos mocosos con dos meses al laboratorio; sin embargo, seguro que no podré volar durante tres o cuatro meses —me explica.

¡VOY CIEGO! - TERMINADOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora