CAPÍTULO TREINTA Y CINCO - ¿CÓMO ESTÁ?

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CARMEN

Hace doce horas que estoy ingresada en el hospital y que no veo a mi marido. Como estoy en el tercer trimestre de embarazo, los médicos no quisieron administrarme un tranquilizante, por lo que al principio Ruth intentó hablarme de tonterías para que me olvidase de todo lo que había pasado y, en cuanto mi suegra llegó a la habitación, media hora después, me obligó a hacer ejercicios de respiración y mi presión arterial disminuyó considerablemente.

Luego hizo que una enfermera nos trajera dos manzanillas y unas galletas de chocolate negro y nos pasamos dos horas hablando de Guillermo de pequeño. La pobre Ruth se quedó dormida en algún momento, a pesar de que no dejamos de parlotear. Yo también me dejé dormir y, en cuanto me desperté, tenía a mi madre a mi lado.

Quiero muchísimo a mi madre, pero para evitar un ataque de nervios no es la más indicada.

—No puedes levantarte, Carmen. El médico ha dicho que debes descansar —me dice mi madre con voz cansina.

—Me recomendaron que desayunara y que luego podría ir a ver a Guillermo y es lo que pienso hacer. No estoy enferma —le digo mientras me pongo la ropa que alguien me trajo en algún momento y yo ni me enteré.

—Me dijo su padre, antes de que te despertaras, que está bien. Ese hombre es casi tan guapo como su hijo —me intenta hablar de otra cosa.

—Mamá, nos conocemos desde hace mucho. Deja de buscar un tema de conversación interesante para que me olvide de ir a ver a Guillermo. No va a funcionar.

—Solo digo que has tenido mucha suerte, hija. Muchos de tus compañeros trabajan mientras hacen sus doctorados porque con lo que les pagan no les da para vivir y tú consigues un marido guapo y rico.

—Mamá, sabes que Guillermo se ha pagado todo desde que cumplió los dieciocho.

—Es que no sé qué decirte para que te quedes aquí. Me dijeron que mi única responsabilidad era evitar que salieras de esta habitación y estoy fracasando estrepitosamente —lo intenta mi madre con otro de sus métodos de persuasión.

—La táctica de dramatizar también me la conozco —le digo antes de salir de la habitación con ella pisándome los talones.

—No me queda ninguna otra en el tintero.

—Espera —le pido, cuando escucho a mi suegro hablando con alguien y nos ponemos las dos a escuchar a hurtadillas.

¡Menuda vergüenza, como nos pillen!

—No sabíamos que era su hijo, señor. De haberlo sabido, siendo su familia y la de su mujer tan importantes...

—No importa quiénes sean las familias del chico al que golpean. No entiendo cómo la policía puede llevar armas y que un civil se haga con ellas y las utilice contra otro civil —escucho decir a mi suegro, serio.

—Se abrirá una investigación y el policía será sancionado, se lo aseguro —dice otra voz.

—No es la culpa de un simple policía, es de la preparación y del que toma las decisiones. Si un trabajador hace algo mal en nuestras fábricas, es responsabilidad del que lo ha formado y lo ha puesto en ese lugar.

—Entonces, ¿van a denunciar al Cuerpo de Policía?

—Mi abogado me ha recomendado que lo haga, pero no pienso hacer nada hasta que mi hijo lo decida. Él es mayor de edad y ciego, no idiota —le contesta mi suegro.

—No he querido insultar a su hijo —se disculpa la otra persona.

—Sin embargo, le voy a pedir un favor personal. Mi hijo quiere hablar con el policía al que le quitaron la porra y con el compañero que estaba a su lado —le dice mi suegro para mi sorpresa.

¡VOY CIEGO! - TERMINADOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora