No voy a mentir. Me había olvidado por completo de Lara. Hasta ahora.
Su mensaje me dejó helada. Era como si alguien del más allá me estuviese escribiendo, pero no, tenía que ser ella. O al menos eso quería creer.
Me tomé un par de minutos para sopesar si debía contestarle o no. Ahora que estaba metida en tantos líos, uno más no parecía adecuado; aunque le había dado mi palabra de que la ayudaría. Eso fue suficiente para que terminara de decidirme y comenzar a tipear en la pantalla.
Sin embargo, elaborar una respuesta no me fue nada fácil. Tipeé y borré, y volví a tipear varias veces, hasta que encontré las palabras adecuadas.
Solo dime qué debo hacer.
Cinco minutos. Diez. Quince. Media hora. Tres horas... Más de la mitad del día había pasado y ninguna respuesta volvió del otro lado.
Comencé a pensar en miles de posibles escenarios por los cuales Lara no hubiese respondido a mi mensaje, y ninguno era bueno. Si tan solo hubiese sido más rápida a la hora de contestarle. ¿Qué podía hacer ahora?
Me planteé ir nuevamente hasta el apartamento donde la conocí, pero hacerlo levantaría sospechas. Tenía que idear un plan para sacarla de allí, de la manera más limpia posible; aunque la única manera en que el plan podría funcionar era pidiéndole ayuda a Marco. Quien por cierto todavía no había regresado.
Intenté llamarlo varias veces, pero las llamadas iban directo al buzón de voz. ¡Maldita sea! ¿Y si algo le había pasado? No podría soportarlo.
Los minutos pasaban lentos. Cada segundo que miraba el reloj parecía estirarse interminablemente. Estaba atrapada en un limbo entre la incertidumbre y el miedo, preguntándome si Marco estaba bien y por qué Lara no había respondido aún. ¿Le habría pasado algo? El silencio, tanto de su parte como de Marco, era más aterrador de lo que estaba dispuesta a admitir.
Sin poder soportar ni un segundo más, decidí que tenía que accionar de alguna forma.
Tomé las llaves de uno de los vehículos de Marco y fui directo hasta el garaje. Me subí a la Ferrari azul y me coloqué el cinturón de seguridad rápidamente. Mi mente estaba nublada. Los peores pensamientos circulaban por mi cabeza. ¿Y si Marco estaba en peligro? ¿Y si Lara también?
Estaba a punto de arrancar el auto cuando escuché el ruido de una puerta. Mis manos se congelaron en el volante, y contuve la respiración.
Miré por el espejo retrovisor y vi la silueta de Marco en la entrada del garaje, apoyándose en la pared. Su camisa estaba manchada de sangre, y uno de sus brazos estaba vendado de forma improvisada.
—¡Marco! —grité mientras me bajaba del auto apresurada, corriendo hacia él.
Él intentó sonreírme, pero su rostro delataba el dolor.
—Estoy bien, Fuego... —murmuró antes de que pudiera siquiera tocarlo—. Solo... me complicaron un poco las cosas.
—¿Te dispararon? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras lo ayudaba a entrar en la casa.
—Es solo un rasguño —respondió con su típico tono despreocupado, pero el sudor en su frente contaba otra historia.
Lo llevé hasta el sofá, donde se dejó caer pesadamente. Me arrodillé a su lado, observando la venda mal colocada. Sin decir nada más, fui a buscar el botiquín de primeros auxilios. Mientras limpiaba cuidadosamente la herida, me di cuenta de lo cerca que había estado de perderlo.
—Marco... —comencé a decir, mi voz cargada de emociones reprimidas—. ¿Qué pasó?
—Alguien nos traicionó —dijo, apretando los dientes—. Nos estaban esperando, pero logramos salir de ahí. No te preocupes, ya lo estamos manejando.
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El dolor se paga caro
ChickLitA veces la vida nos da golpes que no esperamos. Se presentan personas que nos pintan un mundo color de rosa, nos muestran su mejor rostro y nos hacen caer en su telaraña. La manipulación era su mejor arma, pero no la única. Cuando después de tanto...
