XI

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La luz blanca de la sala de investigación se clavaba como agujas en los ojos de Light. No era cansancio físico; él podía pasar días sin dormir si la situación lo exigía. Las investigaciones se hicieron parte de sus hobbies en su adolescencia. Estaba cansado por otra cosa. Un peso mental extraño, irregular, que no debería existir en su cabeza. L estaba sentado frente a él con esa postura absurda, descalzo, con las rodillas cerca del pecho, comiendo algo innecesariamente dulce como si el azúcar lo mantuviera unido al mundo humano, no de los shinigamis.

Ese contraste irritaba a Light.

O quizá lo distraía.

Ambas opciones lo enfurecían por igual.

L pasaba las páginas sin emoción aparente, pero Light sentía ese par de ojos analíticos perforándolo cada tanto, como si midiera en silencio la velocidad de sus pestañeos, la dirección de cada movimiento, cada respiración que salía un poco más rápido cuando L hablaba.

Light trataba de ignorarlo. Fracasaba cada vez.

La tensión flotaba entre ellos como un hilo invisible, tirante, a punto de romperse.

Light reacomodó unos documentos en la mesa. O creyó que los reacomodó; dejó uno ligeramente desfasado. Apenas un centímetro. Un error insignificante para cualquier investigador del planeta. Pero no para el que tenía delante.

L levantó la mirada. Un milímetro de elevación en una ceja. Suficiente para registrarlo de arriba a abajo.

Light no lo vió. Ryuk sí, riéndose en silencio desde el rincón.

Light apretó la mandíbula, tratando de enfocarse en la pantalla. Tenía que revisar los movimientos bancarios de un sospechoso secundario, una tarea rutinaria, casi mecánica. Algo que haría perfecto incluso con los ojos cerrados. Aun así, sus dedos se trababan en el teclado, como si un circuito interno estuviera fallando.

Y la razón de ese fallo estaba mirándolo con la expresión más inofensiva que un genio podía fingir.

L hablaba de cosas triviales del caso, pero cada frase parecía construida para provocar a Light. Nunca era directo. Nunca lo atacaba. Pero lo empujaba hacia un borde que Light no sabía descifrar, ni siquiera con todas las piezas sobre la mesa.

—Light —dijo de pronto, sin levantar la voz—¿Alguna vez has sentido que un rival es demasiado importante para perderlo?

El mundo se detuvo para él. El cursor en la pantalla dejó de parpadear. Light sintió cómo el aire se congelaba en sus pulmones.

Tomó exactamente un segundo y medio en recomponer su expresión.

Uno.

Dos.

Parpadeó.

—No —respondió con un tono controlado—. Un rival es un obstáculo, Ryuzaki. Nada más.

—Interesante —murmuró L, sin creerle en absoluto. Tan propio de él, sus respuestas frías a sus preguntas frías.

El silencio que siguió fue insoportable. Light sintió una descarga eléctrica recorriéndole la columna. No supo de dónde venía la reacción. Era absurda. No tenía lógica. No serviría para nada en su plan. Y aun así estaba ahí, como si su cerebro estuviera empezando a trabajar contra él en vez de para él.

Estar con Takada era perfecta para su montaje de estudiante perfecto, de hombre ideal: una mujer inteligente y atractiva que estaría con él compartiendo su vida, un alfa y una omega destacables que podrían hacer una vida impecable y a él ciertamente, le excitaba esa idea de aparentar. Solo que, cada vez que estaba con ella, no sentía lo mismo que sentía con L. Por supuesto, él no la amaba y no quería hacerlo, interferiría con sus planes apenas dejara de servirle y ciertamente, no sabía si quería  amarrarse toda una vida con una sola persona que no le provocaba nada. Pero con Ryuzaki, todo era diferente. A pesar de no encajar con su molde de vida perfecta, él lo hacía sentir vivo, emocionado de despertarse un día más, contrario a como sentía antes cuando era más perfecto que ahora.

DEATH NOTE | OMEGAVERSEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora