Bajaron por la espiral de escaleras al Infierno. Megumi sosteniendo el cuchillo con fuerza, al frente junto a Kirara.
—Está empezando a pegar —se quejaba ella, tocándose el cuello ocasionalmente, como si ahí tuviera un nudo que se tornaba imposible de deshacer.
Era la tortura de la abstinencia, de la necesidad de fármacos para tratar su drogadicción. Parecía nerviosa, imposible de estar quieta o de controlar la forma en que rechinaba la mandíbula, como si masticara algo.
Otra vida condenada al fracaso, pensó Megumi. Quizá ni siquiera sabe lo que es vivir sin drogas, quizá le viene de familia. Detrás, Hakari la vigilaba de cerca, sin decir nada.
Echó un vistazo por encima de su hombro. Sukuna estaba inquieto, pero no por las drogas. Le había quedado claro que no era esa clase de preso, aunque imaginaba que alguna vez habría llegado a consumir. Su rostro no parecía el de nadie que estuviera enganchado a sustancias, sus dientes estaban bien, no estaba tan delgado como Kirara. Era fuerte físicamente.
Le sonrió, Sukuna correspondió al gesto. Colmillos tiernos.
Los escalones se acabaron, sus pies tocaron suelo firme y sus zapatos resonaron a medida que avanzaron hacia la puerta. Al otro lado, el punto de control estaba vacío, tranquilo.
Salieron de allí con cuidado. Cristales rotos se resquebrajaron bajo las botas de los presos. Megumi pegó un respingo cuando la puerta del punto de control se cerró tras ellos.
El pasillo había cambiado. A pesar de no haber nadie, se sentía como un túnel apretado en el que apenas podían respirar. Intentó no mirar atrás, hacia la barricada, ni a aquel zombie sin extremidades que seguía retorciéndose en la más absoluta soledad.
Encontraron cosas que no habían visto con anterioridad. Huellas rojas de manos en las paredes, arrastrándose hacia el suelo donde se acumulaban charcos de un color oscuro y viscoso. Un zapato sin su pareja. Una mano cortada a la altura de la muñeca.
Megumi hizo una mueca al ver el hueso blanquecino sobresaliendo de entre la carne cortada. Había un mordisco en la palma y la piel se había vuelto morada.
—No mires —Sukuna le tocó el hombro, acercándolo. Sus cuerpos chocaron con torpeza, ebrios de náuseas.
Se le acumuló una sensación extraña en el centro del pecho. La ansiedad de verse allí, la presión de llegar a la enfermería. Tan cerca, tan lejos. El punto de control del módulo seis estaba destrozado. Olía a quemado, pero no había fuego alguno. La puerta había sido derribada y habían puesto lo que parecía ser una estantería para cubrirla. Al otro lado de las rejas, varios zombies se pegaron a los barrotes al verlos pasar.
Megumi pegó un respingo al escuchar el sonido de los muertos vivientes intentando atravesar las rejas, extendiendo los brazos llenos de heridas hacia ellos. Saliva colgando de dentaduras con encías inflamadas, cuellos retorcidos.
Kirara avanzaba con rapidez. Le siguieron el paso con dificultad, a punto de ponerse a correr, como si estuvieran huyendo de una presencia invisible.
—Kirara, ve más despacio —Hakari la agarró del uniforme y la frenó en seco, soltando una maldición.
La enfermería era un lugar bastante concurrido por los presos en días normales. Muchos eran los que se hacían daño para salir de sus módulos y sentir sólo un poco de libertad, caminar un poco por el pasillo, que les dieran más medicamentos. Aún así, eran pocos los casos en los que decidían llamar al hospital. Alguien debía estar al borde de la muerte para ello. Tanto los guardias como las enfermeras conocían que lo único que deseaban los internos era salir de allí por cualquier medio, por lo que la enfermería estaba bien equipada para sobrellevar cualquier crisis y accidente.
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Jailbreak || SukuFushi
ФанфикшнEl día en que los cuervos se apostaron sobre los muros fue el día en que todo cambió. Sukuna no volvería a despertar en el mismo bloque siete, ni siquiera en la misma prisión. El apocalipsis había comenzado. Y esas cosas no estaban vivas. ; Donde...
