Sukuna despertó cuando un trueno rompió el cielo, cayendo sobre la prisión como si un gran dios golpeara su puño contra la superficie de la Tierra. Un sueño vacío quedó atrás, desvanecido en las profundidades de su memoria, y pronto terminaría por olvidar esos últimos retazos de la pesadilla, pero no podría ignorar la que estaba viviendo.
Los nervios y la necesidad de sobrevivir se habían pegado tanto a su piel que se incorporó pensando que estaba en peligro, que alguien estaba acechando. Sin embargo, fue bienvenido por la oscuridad, no de la noche, sino de un amanecer extremadamente nublado y melancólico.
Estaba en la cama, completamente a salvo, lejos de cualquier problema. Se tocó el pecho, deseando poder clavarse las uñas y arrancarse el corazón para vaciarlo de ansiedad. Dejó de contener el aliento cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra grisácea de la celda. Todo estaba en silencio, ni siquiera agudizando el oído podía alcanzar a escuchar gritos o rugidos. Estaban lejos del desastre, refugiados en el, quizá, único lugar seguro de su mundo.
Megumi dormía profundamente a su lado, dándole la espalda. Mechones de azabache caían por su frente, despeinados por su largo y merecido descanso. Su costado subía y bajaba con lentitud, mientras se encogía un poco más, haciendo un perezoso sonido.
De repente, sus labios hormiguearon con el vívido recuerdo de los de Megumi sobre ellos, sus latidos se desbocaron y creyó que sus manos amenazaban con temblar. Sukuna se quedó quieto, evocando en su memoria lo que había ocurrido hacía horas. Todo.
Había sido real, ¿cierto?
Los dedos de Megumi enredándose en su cabello, sus cuerpos pegándose, sus bocas rozándose, encontrándose cada vez con más firmeza. Había tomado el rostro de Megumi, disfrutando de sus labios, conteniéndose, conteniendo el hambre que sentía por él, intentando mantener las manos quietas, pero apretándolo contra sí para profundizar en la humedad de su boca hasta que el sabor a sangre había llegado a su paladar y se habían detenido, suspirando con fuerza.
—¿Estás bien? —había preguntado, mientras Megumi se tocaba el labio hinchado.
—... sí, no pasa nada...
Después de eso, Sukuna había trazado el contorno de su rostro, y Megumi había sonreído. En algún momento, entre el silencio y los infinitos titubeos de quienes acababan de descubrirse infinitamente enamorados, habían caído dormidos.
Entonces, fue real.
Tragó saliva, observando la figura de Megumi. Oh, Dios, fue real. No había sido ningún producto derivado de su fantasiosa imaginación ni de la necesidad de contacto físico fruto de sus meses en prisión. Se habían besado de verdad, había logrado llegar a probar del néctar de aquellos labios que codiciaba más que nadie.
No había forma de detener su corazón desbocado. Inquieto, se tumbó con cuidado de no despertarlo, resistiendo la urgencia de saltar de la litera y salir corriendo. Megumi y él. Un beso. Varios, de hecho. Megumi, el chico hermoso de las ideas ingeniosas que había conocido hacía tan sólo cuatro malditos días; inteligente, rápido, suave al tacto. Su cuerpo se sentía tibio, tan cerca, quería —deseaba— envolverlo y cuidarlo, de la misma forma en que sentía un nudo en la garganta tapando sus sentimientos.
Estaba intimidado. Aquellos preciosos ojos verdes, el contorno de su cuerpo entre las nubes de vapor de las duchas, piel salpicada de hematomas y heridas.
Él no estaba hecho para esas cosas, entonces, ¿por qué se sentía así? Completamente obsesionado, embelesado por cada expresión, paso y rasgo de Megumi, por cada una de esas tiernas sonrisas y cerezas, rojas, sus labios. Enamorado.
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Jailbreak || SukuFushi
FanfictionEl día en que los cuervos se apostaron sobre los muros fue el día en que todo cambió. Sukuna no volvería a despertar en el mismo bloque siete, ni siquiera en la misma prisión. El apocalipsis había comenzado. Y esas cosas no estaban vivas. ; Donde...
