Megumi no podía dejar de pensar en una cosa.
Dio vueltas en la cama, incapaz de sacarse de la cabeza la áspera sensación de las manos de Sukuna sobre su piel desnuda, presionando suavemente; la forma de su cuerpo en un abrazo, hombros anchos, tatuajes angulosos en su rostro, delineando facciones de particular carisma. Los músculos de su espalda ondulándose mientras hacía flexiones, sudor en su cuello. Voz ronca al despertar, su pesada respiración al dormir. Cabello del que emanaba un aura rojiza con el atardecer, una sonrisa afilada.
Postillas, gasas, sangre, cicatrices. Miradas que se encontraban, rubor, pupilas que devoraban sus labios cuando creía que no le miraba.
Se abrazó con fuerza, encogido en postura fetal. Definitivamente, no había vuelta atrás. Se acabó, pensó, no puedo evitarlo más. Su imaginación se dirigía a lugares donde no quería llegar, pero que disfrutaba de observar como un espectador a punto de volverse loco; manos en su cintura, palabras rozando su nuca, susurros en su oreja.
Había pasado de ser el hombre llamativo que había conocido en sus prácticas, al hombre que ocupaba el noventa y nueve por ciento de sus pensamientos. Había caído por la espiral, había sido tan vergonzoso como inevitable, y el choque de la caída se escucharía hasta en el país vecino.
La duda lo carcomía por dentro. No sabía si se había estado imaginando señales o si todos esos momentos que se sintieron extraños fueron producto fantasioso. Estaba confuso, emocionado, cohibido.
Se incorporó y se sentó al borde de la cama. Pasándose una mano por el pelo, suspiró. Siempre había sabido que no era normal, pero nunca había necesitado una confirmación tan aplastante.
De alguna forma, toda su vida había sido igual. Se había sentido absurdamente fuera de lugar, como una caricatura mal trazada. Se había excusado en la timidez, y con los años había aceptado que había algo profundamente erróneo y asqueroso sobre sí mismo.
—Joder... —musitó, frotándose la cara con fuerza, como intentando limpiarse.
Sukuna Ryomen. El mismo hombre que sólo conocía la vida desenfrenada del ring, el poder, el dolor del abuso doméstico y el amor de su hermano pequeño, el mismo al que había mandado al infierno debido a su egoísmo.
No soy una buena persona.
Tenía ganas de abrazarlo, de decirle que lo entendía. Había muchas formas de llegar y cruzar los límites de uno mismo, estamparse contra la línea y hacerla pedazos, cortarse con ellos. El sufrimiento era el empujón más fuerte del mundo, mucho más que el odio, incluso. Eso era lo que pensaba. Se miró las manos.
Megumi no se consideraba la mejor persona. Cierto, nunca había hecho nada malo, a su parecer, pero considerarse una buena persona al cien por cien sería ingenuo y estaba descartado. Pero, si algo tenía, era que estaba lleno de empatía.
Ojalá pudiera tomar a Sukuna de los hombros y agradecerle por haber borrado de la faz de la Tierra a semejantes individuos —que no merecían ser tratados como personas—; quería poder decirle que lo admiraba por ello. Veinte años de castigo. Había dado lo que le quedaba de juventud por alguien a quien amaba. Sukuna no era enteramente bueno, pero desde luego no era malo.
Le gustaba.
Observó sus botas negras. Estaban sucias, no podía verse reflejado en el cuero. Sukuna le gustaba. Era fuerte, valiente, le hacía sentirse empoderado y protegido al mismo tiempo. Condenadamente guapo, carismático e inteligente. Le gustaba leer, como a él. Su cercanía le ponía nervioso y la anhelaba a la vez.
No, para. No te ilusiones. No lo idealices. Seguro que no sabe cómo querer a alguien.
¿Acaso yo sé querer a alguien?
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Jailbreak || SukuFushi
FanfictieEl día en que los cuervos se apostaron sobre los muros fue el día en que todo cambió. Sukuna no volvería a despertar en el mismo bloque siete, ni siquiera en la misma prisión. El apocalipsis había comenzado. Y esas cosas no estaban vivas. ; Donde...
