Realmente no sé si presentarme; es como el cliché de tantos libros, pero es mérito de urgencia, después sabrán el porqué...
De mi persona te puedo describir que mido un metro sesenta, la altura perfecta para las hormonas deseosas. Entrené toda mi vida para descartar broncas y tristezas que me colmaban la paciencia, pero decaí en este pozo oscuro donde perdí toda la masa muscular que tanto envidiaban.
Cabello azabache y con alguna que otra cana de mi notoria vejez.
Soy un hombre de buen porte, de buena educación y de decenas de millones en alguna que otra cuenta bancaria.
Me considero humilde y de corazón gigante, pero me resguardo aquí, donde nadie puede venir.
¿Por qué será, no?
Me respaldo en un sillón clásico que heredé de mi familia adoptiva, familia que hoy en día agradezco jamás ver, y les envío bendiciones donde sea que estén.
"Por la plata baila el mono" y yo bailo por amor..
Qué locura es ver cómo tanta gente pelea por míseros centavos creyendo que dan la felicidad, y solo es un pequeño estímulo para tapar dolores del alma, como mi copa llena del mejor vino del gran Buenos Aires.
Solo para sacear una pena...
Desde que mis padres fallecieron, la casa se encuentra vacía, porque por mí, la luz de este hogar jamás brillaría, pero mamá, ¡ay, mamá!, ella sí que sabía cómo lidiar con todo.
Limpieza, orden, alegría y amor, todo lo que no tuve de niño hasta encontrarlos a ellos.
Aún recuerdo el día que me encontraron en un balcón viejo y abandonado, donde mi padre solía ir una vez por mes y mantenía el lugar en orden.
Tan solo era un niño pequeño pasando frío, lejos de una compañía, lejos de quienes alguna vez llamé familia.
Don Emanuel David Martínez fue quien me crió y cuidó de mí, quien estuvo arropando mi pequeño ser junto a su calor corporal para poder sobrevivir, y Doña Sulema Margara Freccero de Martínez, quien alimentó mi cuerpo para poder crecer.
Y yo, Miguel Roberto Martínez, quien heredó un mundo ajeno, por suerte o por desgracia de la vida.
Soy quien mantiene como puede todo lo que me rodea y quien de alguna forma siente el desgarro de una pareja que nunca pudo tener un hijo de sangre.
Viví decenas de cosas, el amor de una madre protectora y el deshonor de un padre maquiavélico, quien alimentó a otro personaje salvaje.
Mi madre jamás vio ni supo las desgracias que su hijo de corazón pudo descubrir, y cuando lo logró, sintió ese dolor de una protección rota. Intenté, en mis diecisiete años de vida, reclamar; —un bofetón— fue lo que recibí. Padre se mostró ante su mundo y afirmó que cualquier pecado siempre fue perdonado en la mano de Dios, cada domingo, como si tapar con la santidad era la excusa perfecta ante su inminente y desagradable ser.
Cada rincón de esta casa guarda, en sus crujientes paredes y pisos, recuerdos que en mi habitación no puedo observar, dolores que mi infancia solo puede rememorar.
La gran puerta de entrada sigue mostrando a cada mujer, cada femenina de diferentes pronunciaciones, desde la más delgada hasta la más voluptuosa, únicas.
También resguarda notas de los diarios que cada día llegaban, robados por mi mano y escondidos en mi oscuridad, intentando proteger a aquella mujer que con gran molestia reclamaba ante el diario nacional. —Lo lamento— susurró, solo intentaba cuidar de ella.
La gran habitación de mis padres escondía las sábanas blancas que, manchadas, quedaban luego de una hora en oculto. Padre miraba mi ser en la esquina y solo musitaba un silencio sellado con sus manos, haciéndome saber que no podía jamás hablar de lo sucedido.
Las cañerías del baño guardaban aún el olor y la evidente escena de amor entre ellos, como la bañera después del baño que cada ser tomó antes de irse para siempre.
Y la cocina, tanto como la sala de almuerzos, guardaban aún las señales de advertencia que padre me musitaba a lo bajo.
Todo lo vi, todo lo sentí y aún sigue estando ahí. Me envenené por él y sufrí cuando cada tanto me utilizaba en el lugar de aquellas mujeres, no sin antes decirme que yo siempre estaría bien.
Qué tonto al recordar que entre llantos sentía que sí, que eso era normal para él, y también para mí.
Hasta que crecí y madre nos descubrió, destapó con furia una guerra entre ellos dos. Reclamos y evidencia fueron salpicados ante su imagen, cosas que en ese momento entendí estaban mal.
La melancolía comenzó a crecer en su ser cuando, a sabiendas, tuvo que callar de igual manera. El tiempo, los meses, días y años pasaron hasta que murió de la tristeza, sentada en una esquina de aquel jardín que descuidó ante su silencio.
Aquella silla mecedora de madera aún guardaba la silueta de una mujer que jamás creyó que su historia de amor solo fuera una más de las tan farsantes que descubría en sus noticias.
Padre murió tiempo después, cuando un ataque al corazón arrasó ante mi presencia. Solo callé y miré cómo, en agonía, levantaba su mano en busca de ayuda. Me inmuté y en silencio quedé media hora. Acerqué mi cuerpo temblando hacia el teléfono fijo, marqué con titubeo al número de emergencias y comencé a escuchar el tono de la espera.
—Buenas, ¿cuál es su emergencia? —preguntó tranquilamente la secretaria.
—Mi padre... mi padre está tendido en el suelo... No respira... —
—Ya enviamos un móvil al lugar, tranqui... —y colgué, sin despegar la mirada de aquella triste o salvadora situación...
Bienvenidos y gracias por leer.
Recuerden:
Nada de esta historia es real y no debe de tomarse como referencia, disfruten de la magia mental para vivir historias a través de nuestra mente🖤
Espero con ansias en los comentarios sus críticas constructivas.🤍
ESTÁS LEYENDO
~ Almas Gemelas ~
AcciónSINOPSIS ¿Qué ocurre cuando el amor se mezcla con la obsesión... y la mente deja de ser un lugar seguro? A lo largo de una historia cruda, inquietante y profundamente psicológica, seguimos la voz de un protagonista que no solo enfrenta sus propios a...
