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Salada.

Su boca estaba salada, no supo si por las lágrimas o por las sangre seca en sus mejillas. No podía ver nada, tampoco sentir nada más allá de los grilletes que apresaban sus muñecas y tobillos, manteniéndola tendida en el suelo como un animal. Intento huir, poner a salvo lo único que le quedaba en la vida, pero fue atrapada justo cuando lo intentaba, esperaba ser ejecutada prontamente, decapitada, ser devorada por un dragón, lo que fuera, con tal de que su sufrimiento se terminara. Estaba cansada, tantas muertes, tanto sufrimiento, ¿y para qué? ¿Qué sentido tenía todo aquello? Sus hijos. Muertos. Su esposo. Muerto. Su trono. En manos del usurpador. ¿qué quedaba por luchar? Aegon le había robado todo, incluso las ganas de vivir. Rhaenyra siempre estuvo consiente de que de cierta forma su poder radicaba en los hombres que la rodeaban, con Daemon a su lado se sentía invencible, siempre estaría bien, a salvo, con el príncipe canalla en su bando solo sería cuestión de tiempo para que la guerra se terminara y la corona volviera a la cabeza de su legítima dueña, pero sin él...todo parecía tan oscuro, la llama de la esperanza se había extinto por completo. El ultimo atisbo de felicidad que le quedaba era su hijo Aegon, pero desde que fue capturada no sabía nada de él. La reina negra fue capturada cuando intentaba escapar junto a su único hijo vivo a una de las muchas casas de sus aliados para recomponer fuerzas y seguir la batalla por el trono de hierro, pero justo cuando divisaba la salida fue abordada por Aegon y sus lacayos. Y ahora estaba frente a él, esperando su muerte y la de su hijo.

La danza de dragones había dejado a Aegon agotado, la guerra era cruel y déspota, no tenía piedad con nadie, pero aquella batalla había válido la pena, Aegon ahora se sentaba en el trono de hierro y se alzaba ante sus enemigos como único rey de los siete reinos. Pero aún quedaba una amenaza: Rhaenyra; Sabía que su hermana no se iba a rendir sin luchar, ella estaba segura de que el trono era suyo por derecho. Pero para el alivio del rey, Rhaenyra y su único hijo vivo fueron atrapados mientras intentaban escapar de desembarco del rey, ahora estaba frente a él, tan hermosa como orgullosa, erguida como si ella fuera la reina y él un vil sirviente, Sunfyre yacía frente. a ella, esperando el comando para la ejecución.

—Querido hermano, pensé que ya habías muerto—el veneno en la voz de Rhaenyra era tan intenso que por poco el rey verde pensó que moriría.

Aegon estaba encima de su hermana, nunca había sentido tanto desprecio por nada como en ese momento. A pesar de toda la traición y el engaño, Aegon sabía que su hermana intentaría encontrar una manera de ganar, incluso con las probabilidades en su contra, pero esto era diferente...

¡¿Cómo se atreve ella?!

Sunfyre levantó la cabeza, su único ojo mirando a su maestro; no fueron necesarias palabras. El dragón era parte del propio Aegon y con una mirada supo exactamente cuáles eran sus deseos.

—¡Sunfyre!— Aegon llamó a su montura quien rápidamente obedeció las órdenes de su amo. El gran dragón rugió a su enemigo, era hora de que Rhaenyra tomara su último aliento y se reuniera con su hijo en los siete infiernos—Sunfyre—, habló Aegon en un susurro, su furia y odio hicieron que su tono fuera más frío que el invierno más frío. Señaló a la orgullosa y desafiante princesa—Quémala. Dracarys, Sunfyre.

Rhaenyra se estremeció al oír el comando, presionó sus manos pero no bajo la cabeza.

—Maldito seas, usurpador—profirió en una maldición, esperando que el fuego la envolviera, pero el dragón se negaba a obedecer, Sunfyre estaba tan herido y en un estado tan lamentable que Rhaenyra no pudo evitar reír, su sonrisa, altiva y burlona, ​​en sus perfectos labios carnosos, incluso a punto de morir mantenía intacto su orgullo. Aquella risa provocó en Aegon una sensación de malestar, era la misma risa que ostentaba cuando era adorada por todos, mientras él se ahogaba en la oscuridad.

La Reina VerdeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora