— ¡Matías!, apúrate vamos a llegar tarde.
El mencionado llevaba una hora en su cuarto, buscando cualquier excusa para no ir a ese viaje, mientras su madre le gritaba desde el primer piso que se diese prisa, era la más ilusionada.
— ¡Me siento muy mal!
Mintió, tosió varias veces, escuchó las pisadas de su mamá en la escalera, rápidamente se recostó en la cama poniendo su mejor cara de enfermo.
— Que mentiroso que eres Matías. — Dijo su madre, poniendo una mano sobre la frente del castaño, este siguió con su actuación, fiel creyente de que le iban a creer.
— Me estoy muriendo, mira tengo flema en la garganta. — actuó Matías tosiendo falsamente.
Nadie le iba a creer nunca.
— Deja el teatro y baja, nos vamos para donde tu tía te guste o no. — sentenció su querida madre señalandolo con el dedo, Matías se rindió, dejó su show y tomó sus cosas.
Bajó de mala gana, a Matías no le molestaba viajar.
Pero irse todo el verano al medio de la nada en un campo rancio, no le parecía el mejor de los panoramas.
Miró tan mal a su madre como a su padre, su hermano si iba a poder quedarse en su casa y eso a Matías le arrechaba el doble.
— ojalá se metan a robar por traidor y te quiten los pelos del culo. — murmuró Matías, evidentemente con envidia, su hermano sólo se encogió de hombros entre risas, Matías salió de la casa dando un portazo yendo a subirse al carro.
No le habló a sus padres en todo el viaje.
Se limitó a mandarle un mensaje a su pareja, Angela diciendole que la iba a extrañar.
Evidentemente no era así.
A Matías lo habían juntado con Angela desde que tenían 12 años, ahora con 16 eran una pareja un tanto complicada.
Matías no sentía nada por Angela, pero estaba con ella porque el compromiso le era importante, Angela venía de un buena familia, Matías también, y en Caracas por mucho tiempo la pelinegra fue la única compañía del castaño.
Angela, por su parte, era tan controladora que tenía planeada su vida con Matías hasta que tuviesen como mínimo 70 años.
Y eso agobiaba al caraqueño.
Era un pendejo de 16 años, Matías no quería pensar en su futuro, Matías quería disfrutar su adolescencia como cualquier carajito de esa edad.
Pero su padre era fiel creyente de que Angela siempre era su mejor opción.
Y no importaba lo mucho que Matías quisiera otros amores.
Siempre los intereses de sus padres estarían por delante de lo que él quiere.
Matías tenía unos lindos sentimientos, sí por él fuese, terminaría todo con aquella chica y la dejaría ir con alguien que la ame realmente.
Y él quedaría libre para alguien, algún día, que con un poco de suerte se enamore de su cabello castaño, su sonrisa amplia y su cara con alguna que otra imperfección.
Matías suspiró, se puso sus audífonos y se dispuso a escuchar Taylor Swift todo el camino, aunque no parecía, a Matías le gustaba mucho las canciones de la rubia.
El viaje fue de al menos seis horas en las que Matías se limitó a estar con sus audífonos en la parte trasera del vehículo mientras sonaba "the prophecy", sin duda una de sus canciones favoritas ya que cada frase de la canción definía su situación sentimental.
Matías dejó de lado sus audífonos cuando estaban a punto de llegar, poniendo una cara de asco al ver a sus acaramelados papás.
Aunque en el fondo solo sentía envidia.
Porque aparentemente él nunca iba a disfrutar su vida junto con alguien como ellos.
Despejó su cabeza de malos pensamientos.
Miró su celular y se percató que no había señal ahí.
Por lo que Matías lograba ver era un pueblucho con unas cuantas casas, un río y muchos animales.
— ¿Cuánto falta? — preguntó a su madre, después de horas de hacerle la ley del hielo.
— Nada. — murmuró su mamá sonriente, se habían alejado del pueblito y ahora estaban frente a dos casas en un campo enorme.
En una de esas habían luces encendidas, en la otra no.
Casi era completamente de noche, podían verse las estrellas en el cielo, Matías suspiró pensando que tenía al menos un mes para estar sin conexión.
Así ya tenía una excusa para no hablar con Angela.
Se bajó del carro arreglando su ropa, sus padres se dedicaron a explicarle como era su estadía ahí.
Una de esas casas era de su tía que tuvo que salir del país por temas "personales".
La realidad es que la mujer andaba disfrutando la vida en Canadá, y entre Canadá y un pueblito hay mucha diferencia.
La otra casa era de la familia amiga de la tía de Matías.
Así que tenían vecinos.
Los papás de Matías bajaron todas sus pertenencias y entraron a la casa, Matías con la excusa que estaba mareado se quedó afuera un rato.
Se sentó en el pasto mirando hacia el cielo.
Dedicándose a ver la linda y detallada luna.
Su paz se vió perturbada por la sensación de que alguien lo estaba viendo, Matías con cuidado se volteó.
Casi se le sale el corazón.
— Coño e' la madre, ¿Qué eres un espíritu? — Matías hizo una pausa en medio de su susto sintiéndose avergonzado por soltar insultos así a un desconocido, se levantó del pasto, el chico frente a él lo miraba confundido. Matías se alejó pues el otro chico estaba muy cerca para su gusto.
Lacava comenzó a asustarse, ¿Y si le quería robar?.
Igual pensó, era medio tonto que nada más llegar a un campo donde vivían tres gafos te quisieran robar.
Se alejó un poco más, quiso correr hasta entrar a la casa sin embargo no se atrevía.
— ¿Quién eres? — preguntó Matías evidentemente asustado, el chico frente a él le extendió la mano, Matías dudó, no hablaba y eso lo ponía nervioso.
Matías se dedicó a analizarlo antes de tomar su mano, ojos profundos, cabello aparentes castaño oscuro, tez un poco más morena que la suya, la luz de la luna le hacía justicia, según Matías era un tipo que la gente catalogaba como "lindo".
Tomó su mano con algo de confianza estrechandola, el chico sonrió un poquito, Matías lo imitó por alguna razón.
— Jon Aramburu, el vecino.
Espero les guste. 💞
Disculpen si tiene algún error o confusión 😿
