Prefiero estar aquí en el hospital psiquiátrico, aunque me vigilen constantemente, que volver a la correccional. A pesar de que me someten a monitoreo, al menos no me ponen una camisa de fuerza. La idea de estar encerrado en una habitación acolchonada es menos desagradable que la de volver a la correccional, donde seguramente me metería en problemas todos los días.
En este lugar silencioso y confortable, lejos del bullicio y las interrupciones, encuentro paz. Solo me sacan de aquí para volver a mi habitación habitual. Mis pensamientos siempre están con Kira, soñando con una vida plena a su lado. Lamento no haber recuperado el cuchillo de la policía. Creían que solo lo quería para hacer daño, pero si fuera tan valiente como ella, lo tendría aquí conmigo y podríamos hablar a cualquier hora.
Lo curioso es que nunca se encontró evidencia de lo que ocurrió. Pero en realidad, ya no me importa. Lo que pasó, pasó. Soy un tipo agresivo con problemas mentales, y el caso está cerrado. Aquí me quedo, internado hasta que me dé la gana. Me divierto más con los otros pacientes. Al menos aquí nadie se burla de uno, o al menos no de manera evidente. Son un poco raros, la verdad.
Ahí estaba ella, de pie en la habitación, con las manos ocultas detrás de su espalda, como una persona real, asumiendo que no estaba delirando. Su uniforme estaba impecable, su cabello rojo lacio y brillante le cubría el rostro. La brillante luz del lugar me permitió vislumbrar una sonrisa bajo su cabellera.
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Se acercó y me mostró el cuchillo en una de sus manos, el cuchillo que nunca pensé volver a ver. Era real, de alguna manera. Me tomó la mano derecha, pude sentir su contacto, y colocó el cuchillo en mi palma, cerrándola. Levanté la mirada para mirarla a la cara, llevé mis manos a su rostro para apartarle el cabello de las orejas, revelando una belleza asombrosa. No había ojeras, ni rasguños, ni nada, solo un rostro angelical, exactamente como siempre había deseado verla.
—𝘌𝘳𝘦𝘴 𝘭𝘢 𝘮𝘶𝘫𝘦𝘳 𝘮á𝘴 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘦 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘰.
—𝘑𝘶𝘴𝘵𝘪𝘯, 𝘱𝘳𝘰𝘮𝘦𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘳é 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘯𝘶𝘦𝘷𝘰.
En sus brazos encontré un refugio, una certeza que se extendía como un bálsamo sobre mi alma. La sensación de su presencia era tan real, tan palpable, que una lágrima traicionera rodó por mi mejilla. Me aferré a ella, a ese cuerpo que me devolvía la esperanza. No sabía si era un sueño o una realidad, pero en ese instante, la soledad se desvaneció, y supe que ya no estaría solo nunca más.