—Claude Monet, un gran pintor. Mi favorito. Nació en este mismo país, Francia. Fue muy conocido por capturar la esencia de la naturaleza, la belleza y el esplendor con grandes obras. Pero mi favorita es La mujer de sombrilla.
Stephen se despertó bruscamente, con la respiración agitada. Colocó sus manos sobre el rostro y se limpió el sudor de la frente y las mejillas, mezclado con lágrimas.
—¿Pesadilla? —preguntó Vincent.
Todo lo contrario.
Me levanté, coloqué mis manos y rodillas en el suelo, y debajo de la cama saqué un gran cuadro.
Iba a ser su regalo de aniversario…
—Increíble. La mujer de sombrilla. —Vincent quedó intrigado.
Dejé el cuadro recostado contra la pared. Fui hasta el escritorio y me senté a escribir.
El sol comenzó a emerger e iluminó todo a su paso. La vista desde mi apartamento era exquisita.
—Stephen… —Vincent me llamó—. ¿Cómo la conociste?
Volví a mirar el amanecer mientras los recuerdos regresaban a mí, uno a uno:
Pensé que aquella noche, en esa banca, sería la última vez que la vería. Pero no.
En mi primer día en el técnico de artes estaba muy nervioso. No conocía a nadie y tampoco sabía con certeza cuál era mi aula.
Tomé un profundo respiro y entré a la gran institución. Pero por más que caminaba, no lograba encontrar mi salón.
De tantos nervios decidí buscar el baño. Tras unos minutos lo encontré. Solo había una pequeña entrada que conducía a dos puertas: hombres y mujeres.
Antes de entrar, una chica salió. Por la humedad del suelo se resbaló. Rápidamente corrí a ayudarla. Con una mano sostuve su cintura y con la otra su espalda. Ella se sujetó de mi cuello, abrazándome. Quedamos muy cerca, uno del otro.
—Tú… —dijo suavemente.
—Tú… —respondí.
Sus cuadernos cayeron al suelo. La solté para ayudarla a recoger sus cosas. Fue entonces cuando vi una hoja donde mostraba la carrera que cursaba.
Ah, oye, también te toca Artes. Gracias a Dios, porque no puedo encontrar mi salón.
—¡Ay, estaremos juntos! Qué bien —respondió ella con una sonrisa—. Gracias por ayudarme. El aula es por aquí.
Se levantó con sus cosas y empezó a caminar. Yo solo la seguí, hasta entrar al aula.
—¿Cómo era? —preguntó Vincent.
Yo guardé silencio mientras observaba el amanecer.
—¿La estás olvidando?
Después de eso, hubo un gran silencio ininterrumpido.
Ya no recuerdo su voz.
El dulce matiz con el que cada mañana me decía "buenos días" o cuando me susurraba "te amo"…
Su piel… la acariciaba todos los días, y ahora ya ni siquiera recuerdo a qué olía…
Vincent, la estoy olvidando. Y no quiero…
—Aún estás vivo, eso es lo importante.
Mientras tu corazón aún palpite, sabrás que cada latido será por ella.
Los ojos de Van Gogh eran los mismos que los de ella.
ESTÁS LEYENDO
VINO TINTO
RomanceMe perdí tratando de encontrarte. Me encontré cuando ya no estabas. Y en la eternidad de un último sorbo, entendí quién era.
