LLEGUÉ A MÍ LUGAR

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    —¿Un segundo, él no es el escritor? —dijo un hombre sentado en la barra, señalándome con el dedo.

    Todos, al percatarse de mi presencia, se emocionaron y corrieron hacia mí, rodeándome abruptamente.

    —¿Eres rico?

    —¿Cómo escribiste el libro?

    —¿Me das un autógrafo?

    Eran algunas de las preguntas que me hacían. Entre todas las voces, gritos y preguntas, sentía cómo mi corazón latía cada vez más lento.

    —Solo necesito descansar... —susurré.

    —Yo tengo una casa cerca de aquí, y está vacía. Podrías quedarte allí —dijo el cantinero.

    —Está bien... —respondí.

    Ambos salimos del bar y él me llevó en su auto hasta su casa. Todo estaba amoblado. Me acosté en la cama y cerré los ojos.

    Todo era borroso, pero brillante. Estaba en completo silencio, sentado en el suelo de una pequeña colina.

    —Buenos días, amor —escuché a mi lado.

    Me giré, y ahí estaba ella.

    —Isabella... —toqué su rostro para confirmar que todo era real.

    —Tú siempre serás mi arte y yo tú locura. —dijo.

    Desperté de repente y me incorporé sobre la cama. Miré a mi alrededor: todo era amarillo. Una cama vieja y una pequeña mesa a mi lado; en las paredes aún había marcas de que alguna vez colgaron pinturas.

    Me levanté sobre el frío suelo y vi, en la mesa, una botella de vino junto a una nota:

    “Tome esto como regalo, señor Stephen.”

    Agarré la botella y caminé descalzo hasta salir de la casa. El sol me iluminó el rostro. Empecé a caminar por el pasto hasta encontrar, detrás de la casa, un hermoso campo de girasoles. En medio de todo, estaba Vincent esperándome.

    —¿Lo logré? —pregunté.

    —Lo lograste, Stephen —respondió.

    Caminé hacia él, sintiendo mi cuerpo cada vez más pesado.

    —Así que todo este tiempo... ¿este era el lugar? —miré a mi alrededor.

    —Puede ser, puede ser. Lo importante es que ya estás aquí. Que encontraste quién eres... y en qué te convertiste —dijo Vincent, apoyando su mano en mi hombro.

    —¿Quieres brindar? —le pregunté.

    Él asintió con la cabeza e hizo aparecer dos copas vacías. Yo destapé la botella y llené las copas hasta la mitad.

    —Salud —dije.

    —Espero volverte a ver en la otra vida —susurró Vincent.

    —¿Qué?

    Mi cuerpo cedió. Dejé caer la copa al suelo, caí de rodillas y, finalmente, me desplomé. Me desangré por la herida en el estómago... y cedí.

    Mi corazón palpitó tres... dos... una vez... Y en la eternidad, se congeló.

    Aquí yace mi último segundo de vida.

THE END...

VINO TINTOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora