SU GRAN CREACIÓN

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    Todo a mi alrededor era un vacío infinito y blanco; no había nada, ni una sola sombra.

    Empecé a andar por el espacio durante un largo rato en línea recta. Con el paso del tiempo, el lugar comenzó a tomar diferentes tonos: el sueño se tornaba negro, el cielo, azul oscuro. Me sentía atrapado en una pintura.

    Al final, lo que fue un espacio blanco se convirtió en un campo completo de girasoles: amarillos y brillantes, incluso en la oscuridad de la noche, donde el cielo tomaba la forma de grandes y resplandecientes estrellas amarillas que contrastaban con todo. El suelo formaba relieves, grandes remolinos; todas sus luces y pinceladas cobraban vida. En medio del campo, una figura emergía de la profundidad: Vincent van Gogh, con un gran sombrero de paja sobre la cabeza. Sus ojos brillaban al ver el cielo: su gran creación.

    Caminé hacia él y me senté a su lado en el suelo. En el bolsillo encontré una caja de Gauloises.

    —¿Quieres? —le ofrecí la cajetilla.

    —No, gracias —respondió.

    Tomé uno de los tres que quedaban. Saqué de mi otro bolsillo el encendedor y encendí el espectáculo de humo.

    Ambos miramos el cielo, los girasoles, el humo que se elevaba por encima de nosotros.

    —En verdad te necesito... —le dije, quitándome el cigarro de la boca.

    —No es así. Tú te necesitas a ti. Yo solo soy parte de tu cabeza.

    Volví a poner el cigarro en mi boca y, en un par de segundos, exhalé una bocanada de humo.

    —¿Cómo vas con tu obra? —preguntó.

    —Ya la terminé. Estoy a punto de publicarla. Ya estoy cambiando.

    Agaché la cabeza y vi cómo el suelo comenzaba a tornarse rojo.

    —¿Qué sucede? —me levanté de inmediato.

    —En la eternidad de este momento yace el último segundo de vida —susurró.

    —¿Qué dices? —pregunté, preocupado.

    —Gracias por darme este momento. Pero aún no es momento de estar juntos. Tienes que vivir.

    Todo a mi alrededor comenzó a desaparecer y el espacio blanco reapareció.

    —No me olvides, viejo amigo.

    Desperté de repente e hice un impulso por ponerme de pie, pero un gran desaliento se apoderó de mí y me derrumbé en el suelo.

    Abrí los ojos y todo se encontraba sumido en un silencio profundo.

    Estaba desnudo. En mi abdomen tenía clavado un gran fragmento de vidrio; la sangre aún corría por mi pierna. A mi alrededor, todo estaba fuera de lugar: un completo caos.

    Los vidrios del balcón, rotos. Mis libros, tirados por el suelo, al igual que mi ropa.

    Tomé una camisa y la coloqué en mi boca. Sostuve con ambas manos el fragmento incrustado en mí y comencé a retirarlo lentamente. Mis dientes apretaban con fuerza la tela hasta que el cristal salió por completo. Tomé un gran respiro y, con lentitud, me puse de pie. Caminé hasta una mesa donde tenía un botiquín; saqué una venda, me cubrí la herida y me senté lentamente en la silla del escritorio.

    No sabía qué era lo que había sucedido. Solo recuerdo... a Katerine...

VINO TINTODonde viven las historias. Descúbrelo ahora