Llegué a un pequeño bar. Todo en su interior era muy acogedor.
Miré por todos lados y me senté en la barra. A los pocos segundos vino hacia mí un cantinero que me preguntó:
—Buenas noches, es un placer tenerlo con nosotros. ¿Qué se le antoja hoy, señor Stephen?
—¿Sabes quién soy...? —quedé sorprendido.
—El escritor, ¿no es así? —respondió el hombre.
—Sí —dije. De alegría, me puse de pie y le estreché la mano.
—Ah, gracias, señor. ¿Qué desea beber?
—Quiero una copa de vino, gracias —respondí.
—Perfecto. Ya se lo traigo enseguida —dijo el hombre antes de irse a servirlo.
Mientras esperaba, llegó una mujer y se sentó a mi lado.
—Buenas noches —me dijo.
—Buenas noches —respondí.
El cantinero me trajo mi orden y, antes de irse, me dijo:
—¿Antes de que se vaya, me autografía mi libro?
—Claro, sin problema —respondí a gusto.
La mujer pidió un whisky y se giró, sorprendida.
—Vea pues, eres escritor —bebió de su copa y de paso pidió otra—. Ah, eres Stephen, ¿no? No suelo leer, además me dicen que no eres tan bueno...
Me quedé en silencio y bebí de mi copa.
—Es broma, claro que te he leído. Tienes un serio problema de identidad —dijo.
—¿Tú crees? —volví a pegar mis labios contra la copa.
—Sí. En cada uno de tus libros eres demasiado perfecto para ser real. Y eso se debe a que escribes lo que no eres.
Levanté la mano para llamar la atención del cantinero y pedí dos copas de whisky.
—Toma —deslicé la copa hacia ella.
—Gracias —respondió—. No pensé que siguieras con vida.
La miré, sorprendido.
—No lo digo porque estés viejo. ¿Cuántos años tienes? —me miró con duda.
—Cuarenta y dos —respondí.
—Aún eres joven. ¿Cómo haces para verte tan anciano? Pero me refería a que no te había vuelto a ver ni escuchar nada de ti al respecto.
—Me aislé un poco —respondí, dudoso, con un poco de nervios.
—Ya veo. ¿Y qué haces hoy aquí? ¿Volverás a escribir algo bueno?
—Perdí a un amigo y quería beber un poco en su memoria —dije—. ¿Algo bueno?
—Sí, algo bueno. Tu último libro fue hace tres años, y déjame decirte que no es nada comparado a lo que fueron tus primeras obras. ¿Suerte de principiante?
—Ja, ja, ja. No, yo creo que era más porque en esos tiempos tenía inspiración —tomé de mi trago y de paso pedí otros dos.
—¿Ahora vas a volver a escribir o te vas a retirar? —ella bebía con rapidez.
—Tengo en mí cada un libro listo, y tengo el presentimiento de que será mi carta de regreso —sonreí.
—Si quieres, podrías mostrármelo —colocó su mano en mi pierna.
—¿Quieres ir a tomar aire? —pregunté, nervioso.
—Está bien —respondió, quitándome su mano de la pierna y poniéndose de pie.
—Ve adelante, yo pago la cuenta —le dije, colocándome de pie.
Ella salió y yo miré mi billetera. Solo me quedaban algunos euros. Con suerte, logré cubrir la cuenta y fui detrás de ella.
Todo en ella era hermoso: su cabello liso, sus ojos cafés profundos y brillantes, su piel blanca y suave. Pero no sé qué me lograba atraer más: su perfecta figura o su interesante personalidad.
Juntos salimos y miramos la soledad de las calles.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Katerine —respondió.
Hacía mucho que no hablaba con una mujer, y no sabía con exactitud lo que tenía que hacer. Solo respiré, le agarré la mano, la jalé hacia mí y tomé su cintura.
Ella colocó sus brazos sobre mis hombros, y sentí cómo el vacío parqueadero se convertía en mi escenario: nosotros, los protagonistas; los faroles, la luz principal; y la ciudad, nuestro público.
Empezamos a bailar en el silencio de la noche y el frío de la oscuridad.
Nos miramos y yo la besé. Ella me miró y la besé una segunda vez.
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VINO TINTO
RomanceMe perdí tratando de encontrarte. Me encontré cuando ya no estabas. Y en la eternidad de un último sorbo, entendí quién era.
