Stephen miró su escritorio y agarró el libro que tenía sobre la mesa. Rápidamente notó que no era el suyo, era mucho más pequeño y no tenía título alguno. Empezó a leerlo con detenimiento:
Ambos llegamos al apartamento. Él entró y encendió las luces. Yo miré a mi alrededor, me acerqué y detallé el cuadro de Vincent Van Gogh.
—¿Tú lo hiciste? —pregunté.
—No, lo hizo una persona que fue muy importante para mí —respondió.
Continué mirando los objetos de la casa hasta encontrar el libro sobre la mesa.
—¿Es este? —Lo agarré entre mis manos.
—Así es... —Él tomó el libro y me lo quitó de las manos.
Me agarró de la cintura y me besó, con lentitud, sin prisa. Ambos nos movimos por la sala mientras las prendas caían al suelo.
—¿Quieres que esto suceda? —me preguntó, con algo de preocupación en su rostro.
—Claro que sí —respondí entre susurros.
Él me volvió a besar y apagó las luces. Entre la oscuridad y la luz de la luna, nuestros cuerpos se unieron y se volvieron uno. Consumamos el acto y nos descubrimos el uno al otro.
Me levanté y fui a la cocina, donde encontré una botella de vino.
Caminé con lentitud por la sala y encontré mi pantalón. Del bolsillo saqué un pequeño frasco de vidrio; en su interior había un sedante, el cual dejé caer en la copa de vino que serví.
Se la llevé y ambos brindamos.
—¿Por qué quieres brindar? —Stephen me preguntó.
—Porque esta noche jamás la olvidarás —le sonreí.
Ambos chocamos copas y bebimos. Él, lentamente, empezó a caer en la cama hasta quedar dormido.
Me levanté y me vestí. Agarré el libro del escritorio, el cuadro de Vincent Van Gogh y empecé a buscar entre los cajones algo valioso, pero cada vez que buscaba me era más imposible. Finalmente, encontré entre su armario una pequeña cajita con un precioso anillo de compromiso, el cual también tomé.
Cuando me giré, Stephen estaba parado detrás de mí, confundido.
—¿Qué haces con mi anillo? —Empezó a venir hacia mí con prisa.
Yo, con todas mis fuerzas, lo empujé. Él se estrelló contra las puertas de vidrio del balcón, las cuales colapsaron. Stephen intentó levantarse, y yo, asustada, agarré un fragmento de vidrio del suelo. Él corrió hacia mí, y en la confusión, incrusté el cristal en su abdomen. Lentamente, comenzó a decaer hasta que cayó sobre la cama.
Abrí la puerta suavemente y me fui con mi botín.
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Apreté con todas mis fuerzas el libro y lo lancé al suelo. Me levanté y caminé lentamente por la sala; la sangre dejaba un rastro evidente en el suelo. Llegué al balcón para ver la noche, pero comencé a desmayarme hasta que me desplomé.