UNA OBRA DE ARTE

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    Me desperté, miré hacia el techo y me senté en la cama. Afuera, fuertes sonidos eran provocados por la lluvia al estrellarse contra las ventanas.

    Me levanté, encendí las luces y saludé a Vincent.

    —¿Cómo te encuentras el día de hoy? —preguntó.

    —Mejor que ayer, peor que mañana —respondí.

    Entré al baño, me metí a la ducha y gradué el agua para que cayera a una temperatura más alta. Cerré los ojos y comencé a escuchar mis latidos una y otra vez.

    Ahí estaba ella.

    Ambos estábamos abrazados, desnudos, con el agua descendiendo por nuestros cuerpos mientras nos mirábamos en silencio. Nuestra piel se rozaba, compartiendo calor, mientras el agua recorría cada uno de nuestros poros.

    —Llámame cliché o como quieras, pero sé que algún día nuestras miradas apagadas reflejarán una brillante vida juntos…

    Ella sonrió y apoyó su cabeza en mi hombro.

    —¿Qué estoy diciendo? Tal vez mañana no despierte y yo haciendo planes —reí suavemente, casi sin voz.

    Ella elevó la cabeza y me miró.

    —¿Y si yo soy la que no despierta? —preguntó.

    —No digas eso… —respondí, separándola apenas de mi cuerpo.

    —Tendrás que dejarme ir —continuó.

    —Oye. Basta. No digas eso —intenté cortar la conversación.

    Ella agachó la cabeza y la apoyó en mi pecho. Con suavidad, la elevé con una mano y la miré a los ojos.

    —¿Sabes qué logro ver…?

    Entre el silencio, nuestros corazones latían al unísono.

    —¿Qué? —susurró ella.

    —Logro ver lo que Van Gogh vio en las estrellas…

    Ella empezó a sonreír, y yo me acerqué a sus labios para decir:

    —Toda una obra de arte.

    Y la besé.

    Abrí los ojos. Volví a la realidad.

    El vapor se había acumulado tanto que el baño se había nublado por completo. Ese recuerdo, tan real, comenzó a desvanecerse lentamente… Se fue olvidando como las gotas que resbalaban por mi cuerpo y terminaban su viaje en el desagüe.

    Salí del baño y, de mi clóset, saqué un pantalón negro algo suelto, una camisa negra de cuello alto, un gabán de cuero negro. Me puse los mismos zapatos de tacón, y terminé con una corbata negra.

    Fui a la cocina y dejé preparando un capuchino. Mientras tanto, volví a mi habitación y contemplé mi última obra. Salir me había ayudado a reavivar la mente. Por suerte, la lluvia ya había cesado, y todo volvía a estar sumido en el silencio.

VINO TINTOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora