DISPUESTO A ENCAJAR

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    Nací el 1 de mayo de 1975, en los suburbios de un pueblo alejado de Alemania.

    Mis padres eran dos campesinos que, con lo poco que ganaban en la granja, apenas podían comer.

    Un invierno, una fuerte tormenta azotó los cultivos y nuestra granja quedó arruinada. Como alternativa, ellos me dieron en adopción para encontrarme una familia que pudiera ofrecerme mejores condiciones o para no tener que producir tanta comida.

    Pasaron algunos años, y ya tenía diez años de edad. El orfanato era administrado solo por mujeres, quienes me dieron cama, comida, ropa, y comenzaron a llevarme a una pequeña escuela a pocas calles de donde vivíamos.

    Estudiaba seis horas diarias. Algunas de las materias que me enseñaban eran matemáticas, lenguaje, historia y geografía. A mis once años, sabía más temas que el promedio.

    Desde pequeño, me gustó ampliamente la lectura, y este gusto lo compartía Luna, una de las ayudantes del orfanato. Ella me daba clases privadas sobre arte, cultura y biología.

    A mis quince años ya sabía leer fluidamente en inglés, español, alemán y francés. Mi escritor favorito era Mario Benedetti. Recuerdo tanto que en ese año, 1990, él publicó un nuevo libro: La tregua. Apenas me enteré de la noticia, se lo conté a Luna; ambos estábamos totalmente ansiosos. A pesar del escaso presupuesto y de nuestra ubicación geográfica, donde era muy difícil encontrar ese tipo de libros, ella lo consiguió y me lo regaló.

    «Vivir eternamente a la defensiva no es, con toda seguridad, el método más eficaz para mejorar la convivencia». Sabias palabras del libro.

    Nunca tuve amigos. Los niños del orfanato eran algo complicados, pues no les agradaba tener cerca a alguien que no fuera como ellos: exploradores sin miedo a las aventuras.

    Solo me dedicaba a estudiar durante el día, regresar al orfanato, tener clases con Luna, leer un poco y, cuando me sobraba tiempo, me dedicaba a aprender algo nuevo por mi cuenta.

    Luna también me contaba sobre cultura: comida, historia, arte, entre otros temas. De todo lo que me enseñó, lo que más me agradó fue el pintor Vincent Van Gogh. Ese día, me mostró un par de imágenes de algunas de sus obras que lograron cautivarme también a mí.

    Me volví alguien tan poco social que ni los maestros me preguntaban. Les daba igual si levantaba la mano o no, si entendía o no el tema. Era el único niño en el lugar que pasaba desapercibido.

    Tristemente, Luna falleció cuando yo tenía diecisiete años. Nunca supe cómo empecé a hablar con ella, pero sabía que jamás lograría hacerlo con otra mujer del orfanato. Así que tomé mi maleta, empacando mis libros, fotos y cuadernos con toda la información suficiente para sobrevivir en este mundo, y me escapé.

    Ni los días ni las noches tenían sentido en ese lugar. Ya no sentía los pasos de ella por las tardes, cuando traía grandes libros amontonados para enseñarme algo nuevo. Tampoco sentía su beso en la frente, ni su voz al despertarme para que no llegara tarde a estudiar.

    Caminando e infiltrándome en trenes, logré llegar a Francia y empecé a vivir en una pequeña casa abandonada. Con el tiempo, fui acoplándola para convertirla en mi hogar. Gracias a las limosnas y a ayudar en las plazas de mercado, pude comprar ropa y terminar el colegio. A su vez, adquirí algunos amigos, y sin esperarlo, empecé a salir con una chica.

    Me gradué con honores y obtuve una beca para la universidad. Para entonces, lo de la chica no funcionó, y esa misma noche fue cuando, por primera vez, encontré a Isabella.

    Y mi vida con ella se convirtió en esto: éramos dos fichas dispuestas a encajar. Pero, por primera vez, sí éramos del mismo rompecabezas.

VINO TINTODonde viven las historias. Descúbrelo ahora