Capitulo XXIII

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Laberinto. Era la única palabra que venía a su mente mientras avanzaba entre las interminables paredes de piedra. No importaba la dirección que tomara, todo a su vista parecía igual. Trató de encontrar algún punto de referencia, pero era imposible. El tiempo transcurría, y a medida que lo hacía, el lugar se oscurecía aún más, mientras una tenue niebla se colaba en el ambiente. Sin embargo, no había frío, solo una creciente sensación de vacío.

Llegó el punto en que sus ojos se volvieron inútiles ante la profunda oscuridad. Optó por moverse utilizando el tacto, aferrándose a las rígidas paredes y avanzando en línea recta. Tenía que encontrar una salida. Necesitaba regresar.

Había escuchado que la peor tortura era quedarse atrapado en el vacío. Lo comprobaba ahora: no podía ver su entorno ni llevar el control del tiempo. ¿Cuánto llevaba ahí dentro? No lo sabía, pero rogaba que no fuera más de un día. No podía permitirse perder más que eso.

Cuando sus piernas fallaron por el cansancio, cayó al suelo, notando una nueva textura bajo sus manos. Esta vez no era rígida. Era suave. Acercó el rostro, tratando de percibir algo más. Olía a bosque, a tierra húmeda y rocío de la mañana. Intentó recordar algún detalle del suelo antes de perder la vista, pero nada. No había prestado atención a ello.

De pronto, un llanto rompió el silencio. Provenía de la lejanía, y por el eco, sabía que rebotaba entre las paredes del laberinto. Pero era inconfundible: un bebé lloraba.

—¡¿Hola?!—gritó, su voz reverberando en la oscuridad.

Nadie respondió.

Decidió seguir avanzando, guiándose por el llanto que, a medida que caminaba, se hacía más fuerte y menos distorsionado. Señal de que se estaba acercando.

No supo cuánto tiempo estuvo andando hasta que las paredes dejaron de ser de piedra. Ahora eran de madera. Entonces, parpadeó, y el escenario cambió. Ya no estaba en un laberinto oscuro sin salida. Ahora se encontraba en un bosque, con una mejor visión, y frente a él, una pequeña cuna de madera.

Se acercó con cautela, y dentro, algo estaba cubierto con una sábana carmesí. Extendió la mano, agarrando la tela entre sus dedos y comenzó a retirarla lentamente.

En el interior, había un bebé. Pero era extraño. Su piel era completamente azul.

—¿Qué haces aquí, pequeño? —murmuró mientras lo tomaba delicadamente en sus brazos, prestando especial atención a su cabeza.

El bebé parecía ser el origen del llanto. Sus mejillas estaban húmedas y su respiración, algo irregular. Instintivamente, lo acercó a su pecho para darle calor.

Pero el momento duró solo unos segundos. De repente, la calidez del cuerpo en sus brazos desapareció, y un olor putrefacto comenzó a emanar.

Al mirarlo, vio que el bebé se había transformado en una mezcla grotesca de carne putrefacta y viva. Aún respiraba, pero Thor no podía apartar la vista de los pedazos de carne que se desprendían de su cuerpo, ni de los gusanos que emergían por uno de sus ojos. Hizo un esfuerzo tremendo para no soltarlo.

Una presencia familiar se materializó a su espalda. Una que no había sentido en mucho tiempo. Aún con el bebé en brazos, se giró.

—Loki... —murmuró antes de que todo se desvaneciera bajo sus pies.

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—¡Thor!—gritó Fandral al verlo abrir los ojos.

—Loki...—murmuró Thor, aún desorientado.

—¡Lo han encontrado!—anunció Hogun, esperando que la noticia ayudara a Thor a recuperar la conciencia.

JörðDonde viven las historias. Descúbrelo ahora