El rostro de Clophe se deformó en una mueca de rabia y alarma al ver caer al Asesino de Dragones. Sin dudar ni un instante, dirigió su montura hacia él, con la intención de interceptarlo antes de que tocara el suelo y evitar que quedara fuera de combate.
-Apenas estoy empezando -dijo Cale con voz helada, sin rastro de prisa ni duda.
Con un simple movimiento de su mano, nuevos relámpagos comenzaron a descender desde el cielo: igual de violentos, brillantes y destructivos como el que ya había derribado al guerrero con casco. Clophe giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo se abalanzaban directamente contra él; chasqueó la lengua con fastidio y alzó su espada, envolviéndose en toda su aura para resistir, bloquear y desviar aquella lluvia de fuego y rayos antes de que lo aplastaran.
A cierta distancia, Ron observaba a su antiguo joven maestro con asombro creciente. No lograba comprender de dónde surgían ni esa fuerza inmensa, ni tampoco todos esos seres poderosos que habían aparecido de la nada para combatir a su lado.
Alberu, por su parte, seguía atónito y también frustrado: la espadachina les había bloqueado el paso y no permitía que nadie más se sumara al choque principal. Decidió entonces acercarse al cuarto individuo, el único vestido con túnica blanca que permanecía apartado, inmóvil y con la mirada fija sin descanso sobre Cale. Aunque parecía estar quieto y ajeno al resto, su presencia irradiaba una profundidad indescifrable -una barrera invisible que hacía difícil incluso acercarse-, pero el príncipe se armó de valor: necesitaba pedir que levantaran la restricción, pues aparte del grupo de héroes, muy pocos soldados lograban mantenerse en pie; e incluso ellos mismos ya empezaban a tener dificultades ante la potencia y precisión de los ataques de la espadachina. Ver actuar a una verdadera maestra de la espada era algo que superaba cualquier expectativa.
-Mis disculpas... -empezó a decir Alberu al llegar cerca.
Pero las palabras se quedaron atrapadas en su garganta: al acercarse más, se quedó paralizado y completamente asombrado. Bajo la capucha se distinguía con claridad un rostro de rasgos finos y serenos, enmarcado por una cabellera rubia, larga y espléndida... y, lo que más le impactó, unas orejas puntiagudas que revelaban su naturaleza. Sin darse cuenta, dio un paso atrás por puro instinto.
Se trataba de Eruhaben; ya había notado su aproximación, aunque no mostró señal de molestia ni le dirigió la palabra. Su atención permanecía clavada en la figura pelirroja que flotaba sostenida por dos pequeños torbellinos estables. Con toda claridad, alcanzó a ver cómo una gota de sangre resbalaba por la mandíbula de aquel joven, y una leve pero marcada expresión de preocupación apareció en su semblante serio.
Desde la línea de combate, la voz de Hanna llegó cargada de sarcasmo, mientras seguía lanzando cortes y ondas de energía con ritmo implacable:
-No hace falta que se molesten. Nuestro señor no necesita ayuda de "personas tan heroicas" como ustedes.
-Nosotros también podemos ayudar... Sé que eres fuerte, pero nosotros también tenemos fuerza -empezó a decir Rosalyn.
No logró terminar la frase. De repente, un frío agudo y pesado le recorrió toda la espalda hasta dejarla inmóvil, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. No fue solo ella: todo el grupo de héroes quedó paralizado por esa misma sensación opresiva, y sin darse cuenta, todas las miradas se alzaron hacia el cielo.
Allí, entre las nubes negras y cargadas de furia, aparecieron innumerables flechas formadas por maná oscuro y denso. Giraron con cada vez mayor violencia, afiladas y destructivas, listas para ser disparadas en cualquier instante. El firmamento, ya oscuro por las nubes y las tormentas que Cale había invocado, se volvió aún más sombrío y caótico, casi como si hubiera caído la noche absoluta.
-¿Cómo se atreven...? ¿Cómo se atreve esa escoria a pisar mi tierra? ¿Cómo se atreven a moverse libremente por mi territorio? ¡Se van a arrepentir profundamente de haber venido! -bramó Cale con una voz que retumbó en cada rincón del campo, clara y cortante como el acero.
Su rostro, que poco antes mostraba todavía los efectos del alcohol, ahora estaba totalmente lúcido y firme. Solo quedaba grabada en él una ira profunda y desmedida, tan intensa que todos -amigos y enemigos por igual- dieron instintivamente un paso atrás, presionados por la sola presencia que emanaba de él.
En ese momento, un segundo destello brilló con fuerza entre el humo y el polvo, revelando la llegada de dos nuevas figuras. Una de ellas sostenía una botella de alcohol en la mano; al detenerse, la soltó sin cuidado, y esta cayó al suelo rompiéndose con estrépito.
-¡Maldición! -fue lo primero que murmuró Bud.
Sin perder ni un segundo, desenvainó su espada y corrió hacia la primera línea de combate, donde se cruzó con Hanna. Ella le dedicó una sonrisa desafiante y alegre al verlo llegar.
-Ah... -soltó Bud con un suspiro breve, y al instante su arma se envolvió en una aura brillante y poderosa, lista para el choque.
Alberu observaba todo con asombro creciente. Pasó la mirada de Hanna a este recién llegado: Bud no llevaba capucha ni túnica que ocultara su rostro, pero el príncipe no lograba reconocerlo en absoluto; nunca lo había visto en los registros ni en los círculos de guerreros conocidos. Lo más impactante era la evidencia clara: también era un auténtico maestro de la espada. Sin darse cuenta, se llevó una mano a la frente, como si tanta información y fuerza concentrada le pesaran en la mente.
-Todo esto me está volviendo loco -murmuró Alberu entre dientes.
-¿Glenn? ¿Qué esperas para actuar? -llamó Bud sin apartar la vista del frente.
El segundo recién llegado se estremeció levemente bajo aquella mirada, pero reaccionó de inmediato. Alzó ambas manos, y todos pudieron ver que sostenía un bastón largo y sólido.
-¡Rasgad los pergaminos! -se escucho la orde con voz firme-. Esto es una locura... ¿cómo es posible que haya tanta fuerza reunida en un solo lugar...?
El hombre‑bestia de linaje oso no alcanzó a terminar sus palabras: fue atravesado de lado a lado por un corte de aura tan rápido como afilado, lanzado por Hanna, y cayó sin vida antes de comprender lo sucedido.
Clophe, que momentos antes avanzaba seguro de su triunfo, quedó petrificado y estupefacto ante lo que veía. Lo que parecía una victoria absoluta y sencilla se había transformado en cuestión de minutos en una matanza desigual y brutal, donde ya no había equilibrio ni esperanza para sus filas.
-¡Destruid!
La voz helada de Cale se extendió por todo el escenario. Con creciente horror, el enemigo observó cómo nuevos relámpagos caían con mayor rapidez y precisión que nunca; esta vez apuntaban directamente contra quienes cabalgaban sobre los webers, derribando jinetes y bestias por igual.
Al percibir que uno se acercaba peligrosamente, blandió su espada con todas sus fuerzas para defenderse... pero se dio cuenta demasiado tarde: Cale ya estaba a escasos centímetros de él, sin haber hecho ruido alguno. Antes de que pudiera reaccionar o alzar la guardia, dos descargas lo golpearon a la vez con fuerza demoledora. Cayó pesadamente al suelo, inconsciente e incapaz de seguir luchando.
Fue justo en ese instante cuando Eruhaben -el último de los cuatro con túnica- se movió por fin, con paso tranquilo pero irrefrenable. En un solo movimiento, aseguró y retuvo tanto al espadachín Clophe como al guerrero con casco, Asesino de Dragones. Entonces, Cale descendió lentamente hasta tocar tierra, mientras recorría con la mirada el campo: ahora convertido en un silencioso y sombrío mar de sangre y escombros.
Al verlo bajar y mantenerse firme, todos sus aliados inclinaron la cabeza en señal de respeto absoluto. Él levantó levemente la mano para indicar el fin de la acción; al hacerlo, casi todos los hombres‑bestia tigres rasgaron pergaminos mágicos y desaparecieron al instante. Cale observó con atención a las dos últimas figuras recién llegadas: también rompieron sus pergaminos y se desvanecieron, quedando solo el grupo original de cuatro con sus túnicas intactas. Estos avanzaron hacia él, pero él los ignoró por completo y siguió caminando en dirección a Alberu. Tanto los guardias reales como el grupo de héroes lo observaban con cautela y respeto mezclados con desconfianza.
-Agradecería que su alteza y todos los que lo acompañan... tuvieran la amabilidad de retirarse de mi territorio -dijo Cale con tono sereno pero cortante-. Gracias... y adiós.
Sin esperar respuesta ni añadir nada más, se dio la vuelta y siguió su camino hacia el castillo Henituse. Alberu lo miró alejarse, incapaz de ocultar su asombro y desconcierto.
Ya cerca de la entrada principal, Cale vio a Basen esperándolo en el umbral, y más arriba, en una ventana alta, distinguió la silueta de Lily, que lo observaba con ojos llenos de temor y esperanza.
Soltó un suspiro pesado. No encontraba las palabras adecuadas; no estaba preparado para consolar ni explicar, y en el fondo, no quería enfrentar todavía todo lo ocurrido. Pero no tenía opción: él era el hermano mayor, quien debía sostenerlos ahora. Al detenerse frente a Basen, esbozó una sonrisa leve y cansada, pero sincera, y le habló con voz suave y firme:
-Todo va a estar bien.
Al escuchar esas palabras, Basen no pudo contenerse más: se lanzó hacia adelante y abrazó a su hermano con toda su fuerza, rompiendo en un llanto profundo y desconsolado. Cale permaneció inmóvil, rígido y sin saber cómo reaccionar; en su rostro se notaba claramente la incredulidad, como si todavía no pudiera creer todo lo que había ocurrido. Poco después vio salir a Lily desde el interior del edificio; ella corrió hacia ellos y también se aferró a él, llorando con la cara hundida en su ropa. Entonces, Cale comenzó a acariciar torpemente la espalda de ambos, con movimientos lentos e inseguros, pues no encontraba otra forma de consolarlos.
En ese momento se acercó el hombre de túnica blanca y cabello rubio: Jack el Santo. Habló con tono suave y sereno, tranquilizó a los pequeños y con delicadeza logró que soltaran a su hermano mayor. Cale lo miró con una leve señal de aprobación mientras él los guiaba con cuidado hacia el interior del castillo para protegerlos y darles calma.
Alberu, que seguía atónito ante todo lo sucedido, recuperó rápidamente su compostura y decisión; sin dudarlo, comenzó a seguir a Cale hacia el recinto. Detrás de él avanzaban también Ron, Beacrox, Choi Han, Rosalyn y Lock, todos en silencio y atentos a cada paso.
Cale se dirigió directamente a su despacho. A su espalda iban Hanna, Cage y Eruhaben, quienes custodiaban a los dos prisioneros capturados. Todos lo observaban con atención: su rostro estaba pálido como el papel, demacrado y tenso, y su ropa aparecía salpicada de manchas oscuras y rojas de sangre, seña imborrable de lo vivido en el campo.
-¿Qué harás con ellos...? -preguntó Eruhaben con voz baja y pausada.
Cale no respondió de inmediato; en su lugar, dirigió la mirada hacia la puerta. En pocos segundos entraron Alberu y su grupo, y al verlos, frunció el ceño con clara molestia.
-Qué falta de respeto -comentó con sequedad mientras se dejaba caer pesadamente en su sillón habitual.
Alberu lo observó fijamente, sin intención de perderlo de vista ni dejar pasar la oportunidad; su mirada iba de la figura del pelirrojo a los dos cautivos que permanecían inmóviles al fondo.
-Joven maestro Cale... me gustaría llegar a un acuerdo y negociar con usted -propuso con tono formal y prudente.
Cale hizo caso omiso de sus palabras, se volvió hacia Cage y Eruhaben, y esbozó una sonrisa fría y calculadora.
-Señorita Cage... usted puede encargarse del guerrero guardián Clophe. Cuide que se mantenga en buen estado -ordenó con calma antes de mirar al elfo-. Y usted, Eruhaben‑nim... puede hacer con este cuanto desee -añadió señalando al Asesino de Dragones, que seguía inconsciente y sin fuerzas.
-Joven maestro Cale... -insistió el príncipe, intentando entablar conversación otra vez, pero fue ignorado nuevamente por el pelirrojo.
-Qué falta de educación... ignorar así a la autoridad real -murmuró Rosalyn con evidente desdén y cierta irritación.
Al escucharla, Cale giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos rojos recorrieron su figura de arriba abajo, con una expresión que no revelaba nada, pero que resultaba profundamente inquietante.
Una vez...
Dos veces...
La mirada se deslizó despacio, recorriéndola entera como si examinara algo sin ningún valor ni interés especial. Luego, de sus labios escapó una risa breve, seca y cargada de burla.
-¿Y quién demonios eres tú?
El aire en la habitación se volvió pesado y frío de golpe; todo pareció quedar suspendido en silencio absoluto. Rosalyn frunció el ceño al instante, sorprendida y ofendida.
-¿Qué...?
-Creía que la única autoridad aquí era su Alteza -continuó Cale con total calma, apoyando la mejilla sobre la palma de la mano, como si estuviera hablando de algo insignificante-. No sabía que también habían contratado a un perro para que ladrara en su nombre.
Los ojos de Rosalyn se abrieron de par en par, ardiendo de indignación.
-¡Tú...!
-¿Yo qué? -la interrumpió él sin elevar ni un poco el tono, sin alterarse siquiera-. Si el príncipe tiene algo que decirme o algún problema, que hable por sí mismo.
Su mirada se endureció hasta volverse completamente helada.
-O tal vez no es capaz... y por eso te manda a ti a hacer el ridículo en su lugar.
Rosalyn apretó los dientes con tanta fuerza que las mandíbulas le dolieron, conteniendo las palabras que se le agolpaban en la garganta. Cale simplemente chasqueó la lengua con desdén.
-¿Sabes cuál es tu verdadero problema?
-No recuerdo haberte pedido tu opinión -replicó ella con voz cortante.
-Y yo tampoco recuerdo haberte dado permiso para dirigirme la palabra -respondió él al instante.
Un silencio absoluto cayó sobre el despacho, tan denso que casi podía tocarse. Cale apoyó ahora el codo sobre la mesa, inclinándose apenas hacia adelante.
-Pero aquí estamos... -añadió con una sonrisa llena de ironía-. Tú fingiendo ser alguien importante... y yo fingiendo que me importa lo que tengas que decir.
En ese momento, la tensión acumulada estalló: Choi Han, que ya estaba harto de aguantar, dio un paso firme hacia adelante.
-¡Tú... eres solo basura!
Su voz resonó con fuerza por todo el recinto, profunda y cargada de rabia contenida. El ambiente se volvió aún más pesado y amenazante. Rosalyn abrió los ojos con sorpresa; Lock se sobresaltó ante ese tono explosivo; incluso el príncipe heredero arqueó una ceja, atento a lo que sucedía.
Choi Han se mantenía firme, con los puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la respiración agitada e irregular. Había soportado demasiado tiempo su actitud arrogante, viendo cómo aquel noble despreciaba e insultaba a quienes lo rodeaban sin límites... y al fin, su paciencia se había agotado por completo.
-¿Crees que puedes hablar así a todo el mundo como si nada te importara?
La mirada de Choi Han era afilada y helada, llena de rechazo.
-¿Te crees superior a todos los demás?
El silencio se apoderó del despacho, denso y pesado. Cale se limitó a observarlo con calma excesiva.
Una vez...
Dos veces...
Entonces soltó una risa: baja, seca y profundamente desagradable.
-¿Ya terminaste?
Una vena se marcó con fuerza en la frente de Choi Han, señal de que su paciencia llegaba al límite.
-¿Qué...?
-He preguntado si ya terminaste tu discurso -repitió Cale con indiferencia, apoyando la barbilla sobre la palma de la mano. Su rostro denotaba un aburrimiento absoluto, como si ante él no hubiera más que una molestia pequeña y sin importancia-. Porque llevas un buen rato ladrando sin parar.
-¡Tú...!
-¿Yo qué? -lo cortó él enseguida.
Sus ojos rojos se clavaron directamente en los de Choi Han: fue la primera vez que lo hizo con tanta firmeza, sin apartar la vista ni un instante, sin ocultar nada detrás de gestos vagos. Solo había frialdad pura y clara en esa mirada.
-¿Vas a golpearme ya?
El cuerpo de Choi Han se quedó rígido y paralizado por completo.
-...
-Adelante -lo animó Cale, esbozando una sonrisa torcida y despiadada-. ¿No es así como actúan los héroes como tú? Primero golpean, luego juzgan... y al final terminan convenciéndose de que siempre han tenido toda la razón del mundo.
Las pupilas de Choi Han temblaron ligeramente, sacudidas por aquellas palabras que atravesaban su orgullo.
Cale mantuvo la sonrisa burlona mientras le daba la espalda lentamente. Abrió un cajón de su escritorio, sacó una botella de vino y, sin usar vaso ni detenerse, bebió la mitad de su contenido de un solo trago largo y seco.
-Adelante... sigo esperando -dijo Cale con voz cargada de sorna y desdén.
Alberu vio que la tensión estaba a punto de estallar y se apresuró a intervenir para calmar los ánimos.
-Joven maes...
No alcanzó a terminar la frase. En cuestión de segundos, Choi Han se lanzó hacia adelante con furia desbordada, se abalanzó sobre él y lo sujetó con fuerza por el cuello de la camisa, casi levantándolo del suelo.
-Te hace falta aprender modos y educación -escupió con dureza.
Pero antes de que pudiera hacer nada más, su cuerpo fue golpeado por una fuerza invisible y demoledora: salió despedido hacia atrás y chocó violentamente contra la pared de piedra, haciendo temblar incluso el mobiliario cercano.
-Insolente -dijo Eruhaben con voz helada y cortante, clavando su mirada llena de indignación sobre el joven guerrero.
En ese mismo instante, Cale lanzó con rabia la botella que aún sostenía en la mano, haciéndola chocar contra el suelo y romperse en mil pedazos.
-¡Soy basura! ¿Y qué? -gritó con todas sus fuerzas, dirigiendo su mirada a todo el grupo de héroes-. ¡Soy el inútil de la familia Henituse! ¿Y qué? ¡Soy un bastardo, sí, lo sé perfectamente! ¿Te molesto? ¡Está bien! ¿Te insulté? ¡Acéptalo y sigue adelante!
Cada palabra sonaba más fuerte y profunda, hasta que el silencio más absoluto y pesado invadió toda la estancia.
-¿Qué esperabas encontrar? -continuó él, con la voz rota por la ira y el dolor acumulado-. Llegaste, me agarraste sin pensarlo... apestabas a muerte, a sangre fresca y a ese mismo olor que tenían los bastardos que vinieron a quitarle la vida a mi madre...
Su grito retumbó en cada rincón, haciendo eco entre las paredes. Las pupilas oscuras de Choi Han temblaron con fuerza: reconoció la verdad que había en esas palabras. Hasta entonces, Ron había permanecido discreto y al margen, pero ahora no pudo evitar levantar la vista y observar con nueva profundidad al joven que conocía desde niño.
-¡Maldita sea! ¡Me golpeaste y lo arruinaste todo! ¡Estúpido y maldito bastardo! -prosiguió Cale sin detenerse-. ¿Qué querías? ¿Que te llevara directamente a mi casa, ante mi padre y le dijera: "Miren, aquí traigo a un extraño muy fuerte que viene de la aldea Harris... y por cierto, todos los demás aldeanos murieron"? -soltó con amargura-. Suena increíblemente estúpido, ¿no crees?
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Fin del capítulo.
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Soy Basura
FanfictionSon pequeñas historias que quizás desarrolle más adelante! Espribro la base para no perder la idea ❤️ Desesperación, tragedia, romance? Porque no! Habrá un poco de todo, también algunas pequeñas historias paralelas a mis fic's . . Mini fic's de la...
