Extra IV: Los hijos de las reinas. La guerra lo agrieta todo

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"¿Quieres gobernar? Esto es gobernar; acostarse en un lecho de malas hierbas, arrancándolas de raíz, una por una, antes de que te estrangulen en tu sueño."

Cersei Lannister

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#ElFinDeLaGuerra

Tempestad lo recibe con un rugido. Jaehaera está de pie ante él, tocando la nariz de la bestia, como si se tratase de un cachorro, el dragón le responde con un resoplido amigable y un empuje superficial. No sabe dónde está Morghul, pero seguro que no le gustará saber que ella ha estado jugando con otro de su especie; aún así, lo máximo que puede pasar es que ambos ambos hagan algún desastre para llamar la atención.

Sus dragones se parecen a ellos. Aegon y Jaehaera una vez habían intentado criar un cachorro que les trajo Joffrey desde Harrenhal.

—Será un ensayo para cuando quieran tener hijos —había dicho su hermano mayor, presentándoles un pequeño de pelaje blanco y negro que bostezaba. Lo habían llamado Manchas.

Manchas se convirtió en el terror de Desembarco y terminó siendo desterrado por la reina de nuevo a Harrenhal, bajo el temor de que el animal matase a alguien. Lo consintieron tanto, le dieron tanto amor y lo tenían tan cerca todo el tiempo, que el animal se volvió celoso y atacó a dos o tres de sus guardias cuando se acercaron de más y su padre, Daemon, tuvo que patearlo cuando le mordió la mano después de regañar a Aegon por no hacer caso de las peticiones de su madre.

Las cosas que él y Jaehaera tocan parecen perder el control. No es adrede. Aegon intenta ser lo que le piden que sea: aprende la espada, escucha a su maestre, lee libros y cuida de Jaehaera. Escuchó los votos matrimoniales a los siete años, cuando su hermano Jace se casó con Jaery, eran claros: amarse, cuidarse y tener hijos. Las dos primeras son sencillas, amar y cuidar de Jaehaera es fácil cuando ambos han crecido siendo un complemento del otro, pegados por la cadera y difíciles de sacar del pequeño mundo en el que se han refugiado para no sentirse obviados en el mundo de los adultos.

Ahora Aegon es un hombre adulto, ¿cómo lo va a enfrentar? ¿Cómo se supone que cuide de alguien que podría matarlo con una espada y que asume que su dragón es como un cachorro? ¿La ama? Claro que sí, ¿a quién más podría amar si su mundo ha sido Jaehaera desde el amanecer hasta el anochecer? ¿La desea?, con cada fibra de su ser, ha sido caótico darse cuenta de que, aunque existen mujeres más bellas, no ha conocido la primera que lo incite a querer perseguirla hasta hacerlo perder la cordura.

—Hera —la llama, haciendo que vuelva la vista hacia él—, necesito hablar contigo.

Ella lo examina de pies a cabeza. Está buscando alguna herida superficial a la cual echar la culpa de su inquietud.

―¿Tu hermano ha dicho algo horrible otra vez? ―Jaehaera está enojada porque, aunque nadie lo diga, los Hightower siguen siendo familia y su abuela, pese a lo dicho por muchos, fue buena con ella y aún le envía cartas y joyas cuando puede.

―Mi hermano está afectado, igual que todos ―responde, tratando de mirar a su prometida a la cara y no a la camisa de lino que se pega a su piel con el sudor y deja en evidencia los dos firmes pechos que hay debajo―. Pero es algo parecido a lo que me interesa hablar contigo.

Con cuidado, toma la carta guardada en su pechera y la extiende. Aunque sabe que ella tardará en leerla, o siquiera en querer hacerlo.

―Es la propuesta de matrimonio.

―¿De quién?

―Nuestra.

Pozodragón no puede ser el lugar más romántico de todos, pero eso no tiene nada que ver con la felicidad que Jaehaera expresa al envolverlo en un abrazo. Ella y su cuerpo se amolda fácilmente al suyo cuando lo abraza de forma intrincada, más asfixia que muestra de amor; empero el amor es asfixiante en circunstancias, su proceder no puede ser medido únicamente por la fragilidad de las demostraciones. Claro que lo quiere, lo han querido siempre...

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