Era imposible que alguna vez pudiera desarraigarse del dolor y comenzar una vida nueva alejado del sufrimiento, pero con Leah lentamente podía comprender que no había necesidad de huir para poder estar en paz. Las noches oscuras de soledad y tormento se desvanecían en su memoria como el humo, siendo reemplazadas por veladas tranquilas junto a su mujer en el calor de sus aposentos. Ambos se cernían sobre el otro y mezclaban sus cuerpos en una danza de caricias suaves y palabras torpes bajo la tenue luz de las velas.
—Deberías estar descansando —susurraba el rey ya adormilado—, puedo sentir tus ojos sobre mi desde hace horas.
Leah soltó una risa suave sin detener sus caricias sobre sus nudillos magullados.
—Estuvo quejándose hasta recién por diferentes molestias —explicó—, no podré dormir hasta no estar segura que se encuentra bien.
—Puedes estar segura que esta será una noche tranquila, mi vida.
Sus palabras no siempre estaban erradas: en la mayor parte de las veces, ambos podían descansar tranquilamente hasta el día siguiente sin ninguna preocupación referida a la salud del rey. Pero todavía existían aquellas madrugadas donde, entre gritos desesperados, Leah le ordenaba a los sirvientes que fueran en busca de los médicos.
No era sorpresa para nadie el estado avanzado de su enfermedad, una condición sin retroceso o cura, pero con un final inminente. Todas los días podían ser los últimos y ninguno de ellos lo sabría hasta que no hubiese ningún remedio, plegaria o llanto que pudiese devolver su cuerpo inerte a la vida.
Leah se mantenía a su lado, intentando no estorbar cuando los sirvientes inundaban la habitación con vendas, cremas medicinales de visitas anteriores o palanganas cargadas de agua. Ella simplemente se limitaba a sostener su mano y hablar entre sollozos inútiles.
—Todo estará bien, los guardias ya fueron a buscar a los médicos —balbuceaba, sintiendo sus propias lágrimas empapar sus labios resecos—. Usted solo resista, ¿está bien? Quédese conmigo, su majestad.
A pesar de sus intentos, sus palabras solían ser eclipsadas por los lamentos y gemidos de dolor de su marido. El hombre cargaba con un dolor eterno no solo debido a las llagas sobre su piel, sino a las complicaciones que la enfermedad acarreaba consigo tras no haber una cura o tratamiento que pudiese detenerlas. Las llagas no eran más que un recordatorio y una marca de por vida.
—No me mires así, mi amor...
—¿Así cómo, su majestad? —preguntaba confundida.
—Como si sintieras lástima por mí —murmuró—, no lo hagas tú también.
Con el pasar de los años, Baldwin se había acostumbrado a las miradas lastimeras la gente que lo rodeaba o incluso de desconocidos que no tenían ni idea de lo que había bajo las telas o su máscara. Pero aquello nunca había logrado molestarlo, hasta que esa expresión alcanzó el rostro de su amada y, por primera vez, pudo sentir la disconformidad de los enfermos como él.
—Todo está bien, los médicos están en camino —sollozaba.
Su mujer era insistente con respecto a la estadía de los hombres en el castillo por las noche, pero él discernía completamente con aquella opinión, pues se negaba a mantenerlos y privarlos de poder ayudar a las personas del reino. De esa manera, el tiempo de espera se alargaba y el dolor se volvía cada vez más insoportable.
—Mi estómago —se quejaba entre jadeos.
—Los médicos ya deberían estar aquí —decía desesperada—. ¡Leonora!
—Puedo esperar—murmuraba al ver la preocupación pintada en su rostro.
—No debería hacerlo.
—Ser rey no me pone por encima de mi gente, mi vida.
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𝐄𝐓𝐄𝐑𝐍𝐎𝐒 || 𝐁𝐀𝐋𝐃𝐖𝐈𝐍 𝐈𝐕
Historical Fiction"La confianza que ustedes tienen en Dios es como el oro: así como la calidad del oro se pone a prueba con el fuego, la confianza que ustedes tienen en Dios se pone a prueba con los problemas. Si ustedes pasan la prueba, su confianza será más valiosa...
