Era una noche particularmente aburrida en el dormitorio de los chicos de tercer año de Gryffindor. Remus, Peter, David y Alex ya dormían profundamente, dejando a James y Sirius solos, intercambiando miradas cómplices desde sus camas. Después de unos minutos de silencio, Sirius se sentó de golpe.
—James, no puedo más. Necesito hacer algo emocionante o voy a volverme loco.
James suspiró, aunque no podía negar que sentía lo mismo.
—¿Y qué propones? No podemos ir a la Sala Común, Lily seguro está ahí con sus amigas, y no quiero un sermón a medianoche.
—Explorar. Escuché a Derek, el del equipo de Quidditch, decir que hay un pasadizo detrás de un tapiz en el quinto piso. ¿Y si lo encontramos?
James sonrió, esa chispa de aventura que compartía con Sirius ya encendida.
—¿Otro pasadizo? Este sería el tercero en menos de un mes. Si seguimos así, vamos a conocer Hogwarts mejor que Filch.
—Exactamente, pero este será especial: será el primero que encontramos sin ser castigados después —respondió Sirius con una sonrisa traviesa.
Ambos se levantaron de un salto, se pusieron las capas negras del uniforme y, por alguna razón inexplicable, agarraron un par de zapatos desparejados de debajo de la cama. Sirius no podía parar de reír.
—¿Un zapato rojo y uno azul? Esto es perfecto. Filch pensará que somos fantasmas con pésimo gusto.
Salieron de la habitación con cuidado, bajaron por las escaleras y se adentraron en los pasillos oscuros. La emoción de la exploración les dio energía mientras recorrían el castillo en silencio, iluminando el camino con sus varitas.
Durante una hora caminaron, revisando cada esquina, cuadro y estatua que parecía sospechosa. Pero no encontraban nada.
—Esto es inútil, Sirius. Derek probablemente lo inventó para divertirse. —James pateó una piedra en el suelo.
—No subestimes a Derek. Tiene esa cara de no saber nada, pero es un genio en esto de los pasadizos. —Sirius continuó adelante, aunque ya comenzaba a dudar.
Estaban a punto de regresar cuando Sirius tropezó con un pliegue en una alfombra vieja y cayó al suelo, tirando un tapiz que colgaba en la pared.
—¡Au! —se quejó, mientras James se acercaba rápidamente para ayudarlo a levantarse.
—¿Estás bien? —preguntó James, aguantándose la risa.
—Sí, pero mira esto. —Sirius señaló detrás del tapiz. Allí había una puerta con inscripciones mágicas grabadas en el marco.
Ambos se miraron con una mezcla de emoción y triunfo.
—¡Nuestro tercer pasadizo! —exclamó James, abriendo la puerta con cuidado.
El pasadizo era estrecho y oscuro, pero la adrenalina los llevó a seguir avanzando. Después de unos minutos, llegaron a un pequeño balcón oculto que daba vista a los terrenos del castillo.
—¡Esto es increíble! —dijo Sirius, apoyándose en la barandilla y mirando el paisaje nocturno.
—Y lo mejor: nadie nos pilló esta vez. —James sonrió, cruzándose de brazos.
Sirius asintió.
—El primero de muchos sin castigos... si tenemos suerte.
Ambos rieron mientras regresaban al dormitorio, sintiéndose más satisfechos que nunca. Por primera vez, no tenían que preocuparse por Filch, McGonagall o cualquier otro desastre. Habían ganado esta noche.
Cuando Sirius y James regresaron al dormitorio, estaban tan emocionados que apenas lograban contener la risa. Habían encontrado su tercer pasadizo secreto en menos de un mes y, por primera vez, no habían sido pillados ni castigados. Para ellos, aquello era una hazaña digna de celebración.
—¡¿Viste la cara de la estatua al abrirse la puerta?! Como si nos diera la bienvenida —susurró Sirius, intentando no reírse a carcajadas.
—Y ese balcón, Sirius. ¡Es nuestro rincón secreto ahora! —respondió James, esforzándose por mantener la voz baja, aunque el entusiasmo en sus palabras era evidente.
Cerraron la puerta del dormitorio con cuidado, pero en cuanto estuvieron dentro, Sirius se lanzó a su cama, riendo por lo bajo, mientras James se apoyaba en el poste de la suya, mordiéndose el puño para no estallar de risa.
—¡Esto es lo mejor que hemos hecho hasta ahora! —dijo Sirius en un susurro nada discreto.
—¡Sin duda! Derek no exageró esta vez. —James se dejó caer en su cama, pero no pudo evitar dar un pequeño salto de emoción que hizo crujir los muelles.
El ruido fue suficiente para que Remus se removiera en su cama.
—¿Qué demonios…? —murmuró Remus, girándose hacia ellos con los ojos entrecerrados—. ¿Qué hacen ustedes dos?
—¡Nada! —dijeron Sirius y James al unísono, intentando parecer inocentes, aunque las risitas contenidas los delataban.
Peter, que dormía profundamente, dejó escapar un ronquido, y Alex, que estaba medio despierto, soltó un gruñido desde su cama.
—Si despiertan a todos, los mato —murmuró David, aún con los ojos cerrados.
—Shhh, están exagerando —susurró Sirius, cubriéndose la boca para no reír más fuerte.
—Sí, sí. Sólo fue un… un pequeño logro nocturno —añadió James, guiñándole un ojo a Sirius.
Remus suspiró y les lanzó una almohada, aunque ya no tenía fuerzas para insistir.
—Si mañana los encuentran durmiendo en clase, no esperen que los cubra —dijo antes de darse la vuelta e intentar volver a dormir.
Cuando todo pareció calmarse, Sirius se inclinó hacia James con una sonrisa traviesa.
—Vale, debemos hacerlo otra vez mañana.
—Definitivamente —respondió James, chocando los puños con Sirius antes de finalmente deslizarse bajo las mantas.
Cuando finalmente se metieron en sus camas, Sirius y James se miraron de reojo, aún con la emoción reflejada en sus rostros. Cada pequeño movimiento hacía crujir los colchones, lo que les provocaba aún más ganas de reír.
—¿Viste tu cara cuando tropezaste? —susurró James, mordiéndose el labio para no estallar en carcajadas.
—¡¿Y tú?! Parecías un elfo doméstico tratando de apagar la risa. —Sirius se tapó la cara con la almohada, sacudiéndose de la risa contenida.
El sonido de los ronquidos de Peter y los murmullos de Remus en sueños hacía todo aún más divertido. Cada vez que intentaban calmarse, una nueva imagen del pasadizo o del zapato desparejado que Sirius llevaba los hacía reventar de risa de nuevo.
—¡Cállate! Nos van a oír —jadeó James, presionando las manos contra su boca.
—Eres tú el que no puede parar —respondió Sirius, intentando cubrirse con las mantas, pero fallando miserablemente al soltar un bufido ahogado.
En un momento, ambos giraron al mismo tiempo, causando un ruido fuerte en sus camas que hizo que Remus murmurara algo incomprensible desde la suya. Esto los detuvo en seco, conteniendo la respiración mientras esperaban que nadie más despertara.
Cuando todo volvió al silencio, Sirius susurró:
—Somos los peores para esto.
James asintió, pero no pudo evitar otra risa contenida.
—Vale, basta. Si seguimos, McGonagall va a aparecer mágicamente aquí —dijo James, aunque su voz temblaba de la risa que intentaba controlar.
Después de varios minutos de esfuerzo y lágrimas de tanto reír en silencio.
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Una vida de merodeador
RandomMomentos de la vida de los merodeadores en Hogwarts entretenidos desde travesuras en clases hasta castigos y ocurrencias y romances
