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Era una tarde tranquila en los jardines de Hogwarts, donde el grupo de amigos acostumbraba reunirse para relajarse después de clases. James y Sirius estaban tumbados sobre la hierba, lanzándose un balón encantado de un lado a otro, mientras Alex y Thiago debatían sobre el último partido de Quidditch. David, por su parte, trataba de sacar brillo a su varita, que había quedado cubierta de tierra tras un desafortunado accidente en Herbología. Remus, sentado bajo la sombra de un árbol cercano, leía un grueso libro, aunque su atención parecía dividirse entre las páginas y las payasadas de sus amigos.

—¿No deberían estar haciendo la tarea de Transformaciones? —preguntó Remus de repente, cerrando su libro con un leve chasquido. Su tono era más de advertencia que de reproche.

James lanzó el balón a Sirius con una sonrisa despreocupada. —Oh, vamos, Moony, no es para tanto. Tenemos tiempo.

Remus alzó una ceja, claramente escéptico. —Llevan una semana diciendo lo mismo. Y McGonagall no es conocida por su paciencia.

—¿Una semana? —intervino Alex, fingiendo estar horrorizado—. ¡Eso es un récord, incluso para ustedes!

—No exageres, Alex —dijo Sirius, atrapando el balón con facilidad y girándolo en sus manos—. Una semana no es tanto. Además, sabemos manejar a McGonagall.

—Claro, como cuando dijo que si no entregaban esa tarea, los expulsaría de Transformaciones —añadió Remus con sarcasmo.

—Detalles, detalles... —respondió James, quitándole importancia al asunto mientras se recostaba más cómodamente sobre el césped.

Antes de que la conversación pudiera continuar, dos figuras femeninas aparecieron corriendo desde el castillo. Marlene y Victoria, con los cabellos alborotados por el viento, llegaron hasta el grupo riendo y saludando con entusiasmo.

—¡Hola a todos! —exclamó Victoria, deteniéndose para recuperar el aliento.

—Hola, Marlene —dijo Sirius con una sonrisa casual, como si esa misma mañana no hubieran tenido una acalorada discusión en el Gran Comedor.

Marlene le devolvió el saludo con una sonrisa igual de tranquila, mientras Alex los miraba con incredulidad.

—¿Hola? —repitió Alex, alzando una ceja—. ¿No se estaban gritando hace unas horas? ¿Qué fue eso de "eres más insoportable que un Boggart en lunes"?

—Oh, cierto —dijo Marlene encogiéndose de hombros—. Pero ya pasó.

—Tiene razón —añadió Sirius, encogiéndose de hombros con aire despreocupado.

James, que había estado observando la interacción con una sonrisa burlona, murmuró lo suficientemente alto como para que Sirius lo escuchara: —Definitivamente, hay algo detrás de sus peleas para que se perdonen tan rápido.

—¿Dijiste algo, Prongs? —preguntó Sirius, fingiendo no haber oído bien, pero claramente molesto.

—Nada, nada... —respondió James, con una expresión inocente que no convenció a nadie.

—¿Y para qué vinieron, chicas? —interrumpió David, mirando a Victoria y a Marlene con curiosidad.

Victoria sacó un pergamino enrollado de su túnica y se lo entregó a James. —Esto nos lo dio la profesora McGonagall para ustedes.

—¿McGonagall? —James tomó el pergamino con desconfianza, pero antes de que pudiera abrirlo, Sirius se lo arrebató.

—Dame eso —dijo, desenrollándolo rápidamente. Leyó en voz alta: —"Señores Potter y Black, les recuerdo que tienen castigo programado hoy a las seis en punto. Espero que lleguen puntuales esta vez. Atentamente, Minerva McGonagall".

—Ah, cierto, el castigo... —dijo Sirius con tono distraído mientras enrollaba de nuevo el pergamino—. Me había olvidado por completo.

—Yo ya lo sabía —dijo James, encogiéndose de hombros.

Thiago, que hasta entonces había permanecido en silencio, preguntó con una sonrisa maliciosa: —¿Y qué hicieron esta vez?

—Bueno... —empezó James, claramente intentando ganar tiempo para encontrar una buena respuesta.

—Llegar una hora tarde al castigo de hace dos días —completó Sirius con una sonrisa traviesa.

—¿Una hora? —Marlene lo miró con incredulidad, aunque no podía evitar reírse.

Victoria, por su parte, miró su reloj de pulsera y dejó escapar un grito ahogado. —¡Son las seis en punto! Si no corren ahora mismo, tendrán otro castigo.

James y Sirius intercambiaron una mirada, y en un instante, ambos salieron disparados hacia el castillo. Sus amigos estallaron en carcajadas mientras los veían correr a toda velocidad, dejando una nube de polvo tras ellos.

—No sé qué es peor —comentó Remus con una sonrisa cansada—, si su falta de responsabilidad o su habilidad para meterse en problemas.

—Ambas cosas —respondió Marlene, todavía riendo.

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Hola, feliz navidad!! lo siento por no andar subiendo
En el capítulo anterior me confundí era 1 año no 3 año está bien.

Una vida de merodeadorStories to obsess over. Discover now