En una clase de Encantamientos, con el profesor Flitwick al frente, explicando un hechizo de levitación avanzada. Mientras la mayoría de los alumnos intentaban tomar apuntes y prestar atención, James Potter y Sirius Black tenían otras prioridades.
—Te juro que ayer Derek casi lanza la Quaffle directo a la cara de Marlene. ¡Habría sido épico! —susurró Sirius, aguantando una risa.
—Lo que habría sido épico es que Marlene le devolviera la Quaffle con un hechizo explosivo. Eso sí sería memorable —respondió James, sonriendo de lado.
El murmullo de los dos se volvió lo suficientemente evidente como para interrumpir la voz de Flitwick. El diminuto profesor, con su habitual entusiasmo, dejó de hablar y los miró fijamente.
—¡Señores Potter y Black! —exclamó.
Los dos levantaron la cabeza como si recién se dieran cuenta de su existencia.
—¿Sí, profesor? —preguntaron al unísono, con caras de absoluta inocencia.
—¿Les gustaría compartir con la clase lo que parece ser tan fascinante?
—Oh, no es nada, profesor. Solo discutíamos... eh... cómo perfeccionar el movimiento del Wingardium Leviosa —improvisó James con una sonrisa que no convencía a nadie.
—Exactamente, queremos asegurarnos de no cometer errores —añadió Sirius, tratando de parecer serio.
Flitwick suspiró, visiblemente cansado de sus interrupciones.
—Es la última advertencia. Si los escucho de nuevo, los separaré.
Ambos asintieron solemnemente, pero apenas el profesor volvió a explicar, reanudaron su conversación, esta vez en susurros apenas audibles.
—¿Crees que Lily me vio cuando lancé ese hechizo contra Snape ayer? —preguntó James.
—Si lo vio, probablemente estaba demasiado ocupada pensando en cómo ignorarte —se burló Sirius.
El profesor Flitwick, cansado de sus susurros, finalmente perdió la paciencia.
—¡Potter, al frente! ¡Black, al fondo! —ordenó, señalando los extremos opuestos del aula.
Con quejas y miradas de resignación, ambos se movieron a sus nuevos lugares. Sin embargo, la separación física no detuvo su necesidad de comunicarse. Sirius comenzó a hacer gestos exagerados, señalándose la cabeza y haciendo movimientos con las manos, mientras James trataba de descifrar lo que quería decir.
—¿Estás diciendo que... tienes hambre? —susurró James, moviendo los labios.
Sirius negó con la cabeza, frustrado, y respondió con más gestos, esta vez imitando un movimiento de Quidditch. James levantó las cejas, confundido, y finalmente levantó los hombros, admitiendo su derrota.
El profesor Flitwick, al darse cuenta de su continuo intercambio, los miró con severidad.
—¡Eso es suficiente! Mañana tendrán que limpiar las ventanas de la sala de Encantamientos, sin varitas.
James y Sirius intercambiaron miradas de resignación, pero finalmente guardaron silencio... al menos durante el resto de la clase. A pesar de todo, cada tanto se cruzaban miradas y contenían risas, dejando claro que el castigo no había apagado su espíritu rebelde.
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Esa tarde, antes de la cena, el dormitorio estaba lleno de voces y risas. Sirius estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, mientras James se balanceaba sobre una silla al borde del desastre. Thiago estaba recostado en su cama, lanzando una pelota al aire y atrapándola sin mirar, mientras Alex hojeaba un libro de Defensa Contra las Artes Oscuras. Daniel estaba apoyado contra la pared, observando con atención la conversación de Sirius y James que estaban quejándose del castigo.
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Una vida de merodeador
De TodoMomentos de la vida de los merodeadores en Hogwarts entretenidos desde travesuras en clases hasta castigos y ocurrencias y romances
