Capítulo 20. Salve Ánapse.

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Inísel llegó a la ciudad de Sunon llevando consigo las dos esferas ovaladas que ocupaban la mitad de su cuerpo. A su alrededor, los indígenas que la habían acompañado, incluidos Zaidan, el líder guerrero de la aldea de Talahar, su doncella Isra, el soldado Kaelan y el caballero Garath, la observaban con fascinación y admiración. Cada paso que daba resonaba en las calles de la antigua civilización extinta, y todos los ciudadanos de Sunon se impactaron al verla. Algunos incluso se inclinaban como si la veneraran por lo que había logrado.

Los murmullos llenaban el aire mientras avanzaban, los rostros llenos de asombro y respeto. El viaje a través de la ciudad fue una procesión de admiración y reverencia. Finalmente, Inísel llegó a la torre donde se encontraba el templo del Afentikó. Entró sin vacilar en el santuario y se dirigió hacia la sala del trono del lugar.

Allí, el Afentikó estaba en medio de un ritual, curando a un enfermo con sus habilidades místicas. Inísel observó cómo sus manos emitían un brillo suave y sanador. Había escuchado historias sobre gente con dones especiales, sanadores que residían en templos destinados para ellos, llamados las Manos de Luz. Pero con el pasar del tiempo, fueron desapareciendo, hasta llegar casi a la extinción. Se sabía que entre los Dýnamis vivían los últimos practicantes de la magia curativa, e Inísel nunca había tenido la oportunidad de conocer a uno en persona. La joven se quedó momentáneamente fascinada, observando cómo la herida visible del enfermo en su brazo comenzaba a sanar mágicamente.

Rápidamente salió de su ensimismamiento cuando el Afentikó levantó la cabeza y la vio. La expresión del hombre cambió a una de asombro y le indicó a uno de sus ayudantes que continuara con el proceso de recuperación mientras él se dirigía hacia Inísel.

—(En dýnami: Écho giatrépsei tin pligí tou, tóra pígaine ton árrosto ston iamatikó naó na xekourasteí) He curado su herida, ahora lleva al enfermo al templo de sanación para qué repose. —le ordenó, causando que su compañero asintiera con la cabeza e inmediatamente empujara la camilla del enfermo hacia otro lugar.

—Sígame, por favor —dijo el Afentikó a Inísel, con voz grave y respetuosa.

Inísel lo siguió, acercándose al trono en la sala. Las esferas en sus brazos pesaban, pero su determinación la mantenía firme. Al llegar al trono, el Afentikó se volvió hacia ella con una mezcla de admiración y gravedad.

—Ha conseguido los dos huevos elementales... —anunció el Afentikó, sus ojos brillando con un conocimiento antiguo y profundo.

Inísel, confundida por sus palabras, frunció el ceño.

—¿Qué son los elementales? —preguntó, su voz llena de curiosidad e incertidumbre.

El Afentikó esbozó una leve sonrisa y asintió, como si esperara la pregunta.

—Son criaturas magníficas, extintas y olvidadas por nuestra civilización. Seres de pura energía elemental que poseen poderes extraordinarios. Responden al llamado de quien es digno de guiarlos en su camino. Y serán capaces de ayudarla en su misión de reconquistar La kvin urboj. — El Afentikó observaba con reverencia los dos huevos que Inísel sujetaba en sus manos.

—Estas criaturas... —dijo el Afentikó. —Son descendientes divinos que representan los cinco elementos de los dioses de Erial: fuego, tierra, agua, viento y luz. Volver a ver vestigios de estos seres es un inmenso honor.

Inísel, atenta a cada palabra, sintió una mezcla de asombro y responsabilidad. El Afentikó continuó, mirándola fijamente a los ojos.

—Vos, Inísel Zendel, es la hija de los dioses. Lo supe cuando la vi por primera vez. Vos sois la Ánapse que mi pueblo lleva cientos de años esperando... —dijo con admiración, respeto y fascinación, inclinando su cuerpo en deferencia.

Saga Deorum consilia (Designios de dioses)  Volumen I {fantasía épica medieval}Donde viven las historias. Descúbrelo ahora