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Después de cenar y compartir un rato en familia, ambas estaban a punto de marcharse en la camioneta de Juliana, cuando León las detuvo. Se acercó a ellas y, con una sonrisa cálida, las abrazó con fuerza.

—Juliana, no sabes lo feliz que haces a este viejo al estar con mi princesa —dijo mirándola a los ojos, mientras le apretaba suavemente los brazos en señal de afecto—. Nunca imaginé a alguien mejor para ella que tú. Ustedes son tal para cual, y tienen mi completa bendición para todo lo que les depare el futuro.

Juliana sintió una dulce calidez en el corazón, mientras Valentina sintió como si le patearan el pecho. Su padre era su persona favorita en el mundo, y solo pensar en que todo era una farsa la hacía estremecer. Si León llegaba a enterarse, seguramente se sentiría profundamente decepcionado.

—Gracias, León. Lo aprecio mucho —respondió Juliana con una sonrisa agradecida.

León les dio un beso en la mejilla a cada una y se retiró. De camino a casa, Valentina no dijo una sola palabra. Miraba por la ventana, perdida en sus pensamientos, sintiéndose patética por haber llegado tan lejos con esta mentira. Todo esto la estaba ilusionando más de lo que debía. Se sentía como una tonta desesperada, viviendo un sueño que sabía que nunca se cumpliría.

Al llegar, Valentina salió del auto sin decir nada. Juliana, preocupada, la siguió en silencio, respetando su espacio. Entraron al departamento y permanecieron calladas hasta que ambas se dirigieron a sus respectivas habitaciones.

—Buenas noches, Juls. Gracias por ayudarme en esta tontería —dijo Valentina en voz baja, con una mueca cansada.

—Por supuesto, Val —respondió Juliana con suavidad.

Valentina se metió en la cama y cerró los ojos, intentando ahogar el peso que sentía en el pecho.

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Juliana estaba empezando a perder la cabeza. Todo el mundo las veía como pareja, y lo que más la aterraba era darse cuenta de lo fácil que había sido mantener esa ilusión. Apenas habían incrementado un poco el contacto físico, pero, incluso antes de la farsa, ya todos asumían que estaban juntas. Y ahora, al analizarlo, entendía por qué.

Desde que eran más jóvenes, la gente las veía como algo más que amigas. Siempre estaban juntas, compartiendo gestos y detalles que, vistos desde fuera, resultaban demasiado íntimos para ser simples muestras de amistad. En ese momento, Juliana recordó aquella noche en que le confesó a Valentina que ya no sabía si estaba actuando o si realmente sentía todo lo que mostraba. ya no sabia si, siempre había sido así.

Es decir, no tenían que esforzarse para parecer una pareja. Su dinámica simplemente encajaba. Ver las fotos que los paparazzi tomaban sin que se dieran cuenta lo hacía aún más evidente. Lucían como recién casadas: las miradas cómplices, las sonrisas, la cercanía. Todo parecía genuino porque, de alguna manera, lo era. Se habían acostumbrado a cuidarse mutuamente de formas que cualquier pareja reconocería.

Juliana pensó en cómo, cada vez que estaba estresada con un diseño, Valentina aparecía con una taza de té caliente y un beso suave en la sien. O cómo, cada mañana, ella misma preparaba el desayuno con los platillos favoritos de Valentina, sin siquiera pensarlo dos veces.

Ahora estaban en el sofá, con Valentina recostada sobre su pecho. Sus piernas estaban entrelazadas, y compartían palomitas con los dulces que Valentina solía preparar, una mezcla que Juliana solía considerar asquerosa. Pero, con el tiempo, había empezado a hacerlo para ella.

Valentina tomó una goma y se la llevó a la boca con entusiasmo.

—¡Ah! No puedo creer que consiguieras estas, las amo —dijo, feliz, mientras masticaba.

PropuestaWhere stories live. Discover now