A la mañana siguiente, Juliana se despertó con un odioso dolor de cabeza. Aun así, se obligó a levantarse y arrastró sus piernas hasta la cocina. Tomó un medicamento y, mientras esperaba a que hiciera efecto, su mirada se posó en una de las muchas fotos enmarcadas con Valentina.
Y ahí, la realidad de la noche anterior la golpeó de lleno.
Sintió cómo el dolor de cabeza se intensificaba ligeramente, haciéndola gruñir. Suspiró y comenzó a prepararse un café. Eran las ocho de la mañana y, conociendo a Valentina-por lo que había tomado y por su horario natural-probablemente no se levantaría hasta las diez. Así que aprovechó esos momentos de silencio para pensar.
Salió a su pequeño balcón, el mismo que había hecho que Valentina se enamorara del departamento. Se sentó en una de las sillas y envolvió la taza caliente entre sus manos.
El primer pensamiento que la atrapó fue, sin duda, el beso de ayer. Se sintió como la pequeña Juliana adolescente que había compartido, accidentalmente, un beso con Valentina, con la diferencia de que esta vez el pánico no fue tan grande... al menos, no en el momento. Esta vez no fue un choque accidental e infortunado entre ellas; fue una decisión consciente de querer besar a Valentina.
Una parte de ella se sentía orgullosa por haberse atrevido. La otra, culpable. ¿Había llevado las cosas demasiado lejos?
Y entonces, como un eco del pasado, el miedo regresó.
Porque aquella vez, cuando eran adolescentes, Valentina se alejó de ella durante semanas. Esta vez, consiguió hacerla llorar.Y eso le recordó exactamente por qué había decidido nunca volver a considerar el tema.
Valentina le gustaba. No... No solo le gustaba.
Estaba enamorada de ella.
Desde hace años. Tal vez desde siempre.
El momento en que sus labios chocaron en aquel campamento fue como un balde de agua fría en plena madrugada. Fue revelador. Pero también aterrador. Se asustó. De la reacción de Valentina. De lo que significaba. De la posibilidad de perderla. y como si eso no fuera suficiente, su mente juvenil estaba impregnada del concepto homofóbico de sus padres. Qué irónico. Con el tiempo, descubrió que era absurdo haber pensado así. Sus padres nunca pusieron objeción alguna cuando Valentina estuvo con Mayela. Y, sin embargo, Juliana nunca pudo quitarse ese miedo de encima.
Por eso huyó.
Siempre había huido de la idea de amar a Valentina. Irónicamente, porque era evidente lo mucho que la amaba cada día. Pero estaba siendo egoísta. Inconsciente con los sentimientos de Valentina, no podía simplemente soltarle sus redescubiertos sentimientos y esperar que no fuera abrumador para ella.
Suspiró, sintiéndose ridícula.
Reconocía que ese era un mal hábito suyo. A veces, simplemente actuaba sin pensar. Como aquella vez con Gustavo.
Recordaba con exactitud el momento en que, solo para evitar que él se fuera, le propuso matrimonio. No lo amaba, y él lo sabía. Y aun así, fue capaz de aferrarse a él con tal de no quedarse sola, Lo más lamentable fue que casi lo convenció. Pero en cuanto Gustavo le habló de irse del país, Juliana se rindió. Ni siquiera intentó luchar por él. Porqué, en el fondo, su corazón nunca le perteneció.
Había hecho daño a muchas personas por el simple hecho de prohibirse ser honesta consigo misma.
Y eso tenía que terminar hoy.
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Por otro lado, Valentina seguía en su habitación. Había logrado dormir muy poco esa noche, pero aun así, permanecía en su cama, envuelta en su cobija. Sabía que su rostro debía lucir desastroso después de haber llorado tanto.
