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—Elizabeth... ¿estás bien? —preguntó Fede a sus espaldas.
La nombrada no se había dado cuenta que estaba en um trance.
Se giró y asintió.
—Necesito que comas algo ¿si? Ian no está, vuelve en unos días. Pero te dejó cosas preparadas porque no quería que te diera comida rápida. —dijo—. Vamos a la cocina.
Ella hizo una mueca, quería regresar a su habitación.
Fede suspiró—. Por favor.
Ella lo siguió sin ganas a la cocina, se sentó en uno de los bancos del mesón mientras Fede servía algo que no sabía que era.
El chico le entregó el plato y era una sopa. Fede se sentó a su lado y la observó. Elizabet frunció el ceño.
—¿No vas a comer?
El negó con la cabeza—. Ya almorcé.
Mientras ella comenzaba a comer sintió que debía decirle al chico la razón de su trance.
—Me quedé así porque no he recibido ninguna muestra de afecto desde que era una niña. Es muy... raro. No me gusta mucho.
—Si quieres puedo decirle a Lukas que no te vuelva a abrazar.
—No, no. Está bien, no me molestó —dijo y hasta ella se impresionó por sus palabras.
No le gustaba el contacto físico, pero cuando Lukas la abrazó, no le desagradó.
Fede tenía un debate mental que Elizabeth no supo descifrar. Abrió la boca para hablar pero luego la cerró, dudoso.
—Lo siento mucho por todo lo que has tenido que pasar, Elizabeth. Sabes que cuando te sientas lista para hablar yo... nosotros te escucharemos. —dijo y desvió la vista, avergonzado.
Ella se sorprendió por sus palabras pero sintió una tranquilidad en su pecho, inexplicable.
Asintió y trató de darle una pequeña sonrisa pero no pudo. Odiaba sonreír.
Mientras ella seguía tomando su sopa recordó algo sobre uno de muchos libros que leyó cuando estaba encerrada en el psiquiátrico.
—Está sopa me recuerda a un libro —murmuró distraídamente.