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Elizabeth
Las nubes grises cubrían el cielo. Mientras la lluvia se hacía presente. Elizabeth estaba en la sala con Fede. Ella estaba leyendo y Fede la estaba observando.
—¿Quieres una foto? —preguntó Elizabeth sin mirarlo. Fede dió un respingo y giró la cabeza rápidamente. Elizabeth sintió un calor en sus mejillas pero decidió ignorarlo.
Se quedaron en silencio por unos minutos más, hasta que Fede decidió romperlo.
—Hoy vienen los chicos. Y Amelia.
Elizabeth asintió. Ya hacia falta la presencia de todos en la casa.
Ian salió de la cocina, con una pequeña sonrisa y se acercó a ellos, tomando asiento al lado de Fede.
—Hoy el día está muy aburrido ¿no creen?
Fede asintió, era cierto.
Elizabeth solo se encogió de hombros sin quitar la vista de su libro.
—Me de igual —dijo.
Ian suspiró y se echó hacia atrás. Antes que dijera algo el timbre sonó.
—Ya llegaron —afirmó Fede.
El uruguayo se levantó, abrió la primera puerta y salió. Se escuchó que abría la segunda puerta y a continuación muchos murmuros y risas se escuchaban afuera.
Claramente eran los chicos.
Como siempre, Carlitos entró gritando como cosa rara y saludó a los presentes con efusividad. Luego entró Yankee un poco más controlado pero igual de risueño y saludó a todos. Lo mismo pasó con Guarura. Al entrar Lukas saludó a todos y se lanzó con mucha emoción a Elizabeth. Ella sorprendida dejó el libro a un lado y le regresó el abrazo.
Algo que estaba mejorando Elizabeth era dar y recibir contacto físico, claro, de una manera moderada porque todavía era incómodo para ella.
Pero sabía que Lukas no tenía malas intenciones, ni nadie en esa casa.
—Elizabethhhhh me hiciste mucha falta de verdad ¡Tengo muchas cosas que contarte! —el chico comenzó a hablar súper rápido. Elizabeth sonrió un poco. De verdad que le hizo falta.
—Lo primero es que te bajes porque pesas demasiado —le dijo elizabeth un poco adolorida, ya las piernas se le estaban durmiendo.
—Que anciana la Elizabeth no puede aguantar cinco minutos a Lukas —dijo burlón Carlitos.
Ella frunció el ceño y entrecerró los ojos en su dirección.
—Yo no soy la anciana. Fede sí —dijo con malicia, viéndolo de reojo.
Todos soltaron muchas carcajadas escandalosas. Fede miraba a elizabeth con indignación.