La vida de HoSeok era tranquila, buenos amigos, un interés amoroso con un alfa de buen porte y un hermano que lo amaba. Pero su celo estalló en el lugar y momento equivocado.
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«Iniciada (15/05/20)...
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Hoseok se retorcía en el suelo, con la mano presionando su cuello, como si así pudiera calmar el ardor que le provocaban las seis marcas de sus alfas. Había experimentado esto antes: el proceso de sanación de una marca duraba solo unos meses si el alfa la cuidaba. Pero Hoseok apenas los dejaba acercarse, negándoles la oportunidad de hacer lo que debían. Ahora, cada marca ardía como si estuviera en llamas, y el dolor era insoportable. Quería arrancarse la piel, como si eso pudiera aliviarlo.
Empezó a gatear por el cuarto blanco en el que lo habían encerrado; el dolor era tan intenso que ni siquiera podía ponerse de pie. Alzó la mirada y notó las cámaras en cada esquina, capturando su imagen desde todos los ángulos posibles, como si quisieran registrar hasta la más mínima reacción de su cuerpo.
Estaba harto de sentirse como un animal de circo. De que todos lo miraran como un fenómeno. De que ahora experimentaran con su cuerpo como si fuera una simple criatura de laboratorio.
Se dejó caer en el suelo y se abrazó a sí mismo. Su cuerpo temblaba, y no sabía qué le estaba pasando. O quizá sí lo sabía, pero se negaba a aceptarlo. Trataba de convencerse de que era otra cosa, de que no era eso... de que no era la raíz de su trauma, la razón por la que su vida había dado un giro de 180 grados. Intentó ignorar el lubricante escurriendo entre sus muslos, el dolor en su vientre y el ardor de sus marcas, que clamaban por la presencia de sus alfas. Pero él se negaba a ceder.
Estaba en celo.
Lo que fuera que le hubieran inyectado estaba haciendo efecto. Desde que lo encerraron, el malestar había comenzado como un leve pinchazo, pero pronto se transformó en un fuego que abrasaba su piel, acompañado de una liberación intensa de feromonas y la incesante producción de su lubricante.
Pero, a diferencia de cualquier otro omega, que en su situación ya estaría implorando por su alfa, retorciéndose en busca de contacto, él solo estaba ahí, quieto. Temblando. Pasándose la mano por el cuello como si eso pudiera calmar el dolor.
Mientras tanto, al otro lado del cristal polarizado, cuatro hombres observaban y analizaban su reacción.
—¿Necesitará más dosis? —preguntó uno, de barba y con lentes.
—Si le inyecto más, lo mataremos —suspiró otro, aburrido, mientras revisaba las imágenes de las cuatro cámaras en la computadora.
—No está reaccionando como debería —bufó el tercero, dejándose caer en la silla.
—Probablemente los omegas con tantas marcas tengan mayor resistencia —comentó el cuarto, apoyado contra la mesa.
—No tenemos tiempo para quedarnos mirando —se quejó el de barba—. Vamos a poner a prueba lo que el jefe quiere.
Uno de ellos asintió, sacó un walkie-talkie del bolsillo de su bata y presionó un botón antes de acercarlo a su boca.