"Las estrellas que alguna vez brillaron en el firmamento, hoy caen para devastar la tierra"
Son 6 los principios que rigen el universo: La Entropía que da finalidad a las cosas, El Orden que le da sentido y une los átomos, El Tiempo que organiza los...
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El grupo avanzaba rápidamente. Afuera, la ciudad era un espectáculo de vida y muerte. Raíces inmensas y retorcidas emergían del pavimento, rajando el concreto como si se tratara de simple papel. Plantas espinosas reptaban por las fachadas de los edificios, sus hojas vibrando con un sonido inquietante, como si respiraran por cuenta propia. En poco tiempo el centro de una de las ciudades más prosperas de Australia parecía una jungla incivilizada.
Las gotas de lluvia tóxica caían sin cesar, un goteo constante que producía vapores oscuros al tocar el suelo. El aire estaba cargado de un olor rancio, como si algo se pudriera en cada esquina.
Rossa:—¡Vamos, rápido! —gritó mientras extendía las manos y del suelo brotaba cristales de cuarzo, formando arcos translúcidos que cubrían al grupo. Cada pocos metros, tenía que rehacer las estructuras, agotando su energía con cada nuevo tramo.
Aoi: —No te esfuerces demasiado, Rossa. Vamos a necesitarte cuando lleguemos a la farmacia.
Rossa no contestó, pero su mirada era suficiente. Cada vez que levantaba una nueva estructura de cuarzo, un destello blanco iluminaba sus rasgos sudorosos.
Lois:—¡Que nada los dude, que nada entre Dios y nosotros nos perturbe!—Su voz calmada mantenía al grupo unido mediante una oración. La Mano Santa brillaba tenuemente alrededor de los civiles más débiles, envolviéndolos en un resplandor protector que parecía menos luminoso con cada paso.
Aoi se movía al frente, el arco preparado. Observaba cada sombra que se movía, cada crujido que surgía entre la maleza grotesca que se había tragado la ciudad.
Aoi: (¿Qué tan cerca estará Kojiki...? ¿Cuánto tiempo más podremos seguir avanzando antes de que él...?)
Un grito rompió el silencio.
Y Aoi ya estaba listo con su flecha.
Era un hombre había tropezado con una raíz que se movía como si tuviera vida propia, enrolándose en su pierna y apretando con fuerza.
Hombre:—¡Ayuda! ¡Ayuda, por favor!
Aoi tensó la cuerda y disparó sin dudar. La flecha ígnea atravesó la raíz, que se retorció y se quemó con un chillido insoportable. El hombre se liberó y cayó de rodillas, jadeando.