"Las estrellas que alguna vez brillaron en el firmamento, hoy caen para devastar la tierra"
Son 6 los principios que rigen el universo: La Entropía que da finalidad a las cosas, El Orden que le da sentido y une los átomos, El Tiempo que organiza los...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¿Qué pasó? Sí hasta hace unas horas el aire olía a pan recién horneado y a café amargo, fue en ese momento de la mañana cuando el dios berreó. En un simple sonido la atención de todos llamó, tal que así lo fue un chasquido, tan humano como cualquier mortal, pero devastador como nadie lo imaginó. Después hubo un silencio, pesado y atronador, fue un instante suspendido en la incertidumbre donde una ciudad entera suspiro sin saber que sería ultima bocanada de aire que tomaría.
La tierra se quebró en el centro de la ciudad. No como un temblor. No con el crujido seco de la roca, sino con el desgarro viscoso de la carne abierta. Porque del subsuelo emergió un tallo, grueso y carnoso, su corteza latía como el tórax de una elefante respirando. La piel del brote era verde sólo en apariencia: más cerca, su tono era el gris amarillento de la piel muerta, manchada de vetas negras como venas envenenadas.
A su paso, la ciudad se abría como un cadáver en putrefacción, inflado y lleno de fluidos gástricos, ácidos y gases que lo hacen grotesco de observar. Las raíces estallan de la tierra como miembros amputados y mal cosidos, envolviendo coches y despedazándolos con la facilidad con la que un niño arranca las alas a una pobre libélula.
Una madre empujaba el cochecito de su bebé cuando la acera bajo ella explotó en una lluvia de concreto. La raíz la atravesó por el abdomen, la levantó como un títere roto, y la dejó allí, colgando, balanceándose como una afable marioneta sin hilos.
El cochecito siguió rodando.
Dentro, el llanto del niño sí acaso unos segundos más. Una esquirla de vidrio le cortó el cuello con precisión desordenada. En los rascacielos cercanos, las ramas del árbol se incrustaron con la violencia de un ariete de guerra. Los cristales de las oficinas reventaron hacia adentro, convirtiendo los despachos en habitaciones llenas de proyectiles afilados.
Hubo empleados atrapados que nunca entendieron qué había pasado, tuvieron suerte.
Un hombre cayó desde el piso treinta y siete, todavía con el teléfono en la mano. El auricular seguía colgando, mientras su cráneo reventaba como un melón sobre el asfalto varios segundos después. Aún se escuchaba la canción con la que se deleitaba.
Otros no tuvieron tanta suerte. Algunos fueron atrapados por las ramas, que se enroscaron a sus cuerpos como amantes impacientes e insaciables, las cortezas se abrían mostrando una pulpa fibrosa y caliente, donde los cuerpos eran absorbidos como comida en asilo comunitario. —A-ayuda, s-sálven— Algunos gritaban todavía mientras eran cubiertos por la savia densa, que se metía en sus bocas y narices, asfixiándolos con el sabor amargo del moho y la podredumbre. —P-por favor, ¡N-no quiero morir! N-no quier- Ngh. —