La Noche del Carmesí

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El viento aullaba con un tono agudo, como si los árboles lloraran por lo que estaba por ocurrir. En lo más profundo del bosque de Haneul, una señal de socorro llegó a la base de los cazadores Lee. Habían rastreado una manada rebelde de licántropos, la Manada Chio, refugiada en una antigua aldea abandonada... pero lo que encontraron superó todo lo imaginable.Minho, entonces aún un joven cazador en formación corría con el corazón apretado. Seungmin, a su lado, respiraba con dificultad. Había gritos, suplicios... y un olor tan espeso a sangre que parecía que el bosque mismo estaba podrido. No habían llegado todavía, pero el horror los envolvía.—¿Qué... ¿Qué es eso? —susurró Jeongin, casi incapaz de avanzar. 

 Lo vieron primero en las ramas: cuerpos colgando, destrozados, marcados con cortes limpios y perfectos, como si fueran muñecos de trapo desechados con crueldad quirúrgica. Y entonces lo sintieron: el miedo, ese miedo primitivo que eriza la piel y aprieta el estómago.Al llegar a la plaza central de la aldea, el suelo era un lago. Sangre. Solo sangre. Charcos, gotas, regueros. Y entre todo eso, de pie como una estatua... una figura completamente roja, cubierta de pies a cabeza en sangre, el uniforme blanco manchado hasta parecer teñido, dos espadas goteando. Las empuñaduras, adornadas con rosas metálicas. Y en medio de ese infierno... una sonrisa.Félix. O mejor dicho... algo que se parecía a él.No había rastro del dulce omega de pecas. Solo quedaba el monstruo. 

Todos muertos —murmuró Seungmin, con la voz quebrada—. No hay sobrevivientes... ¿quién hizo esto?Y entonces, como si respondiera a su pregunta, Félix giró lentamente hacia ellos. Los ojos dorados brillaban con una intensidad inhumana. No parecía agotado, ni herido, ni siquiera afectado. Solo... vacío. O peor aún, satisfecho.—No debieron subestimarme —dijo en voz baja, una voz que no parecía suya—. Ellos tampoco lo entendieron... hasta que fue tarde.El cuerpo del alfa de la manada Chio yacía a sus pies, la cabeza separada con precisión quirúrgica, los ojos abiertos congelados en una expresión de terror absoluto. A su alrededor, más de cien cadáveres. Algunos aún parecían estar intentando gritar, como si incluso muertos suplicaran por piedad. 

 Minho avanzó con cautela, temiendo que un paso en falso pudiera convertirlo en la siguiente víctima.—Félix... ¿qué hiciste?El menor lo miró y por un momento, una chispa de dolor cruzó su rostro. Pero luego, esa sonrisa rota volvió a aparecer.—Cumplí la misión. Erradiqué la amenaza. ¿No es eso lo que se supone que hacen los cazadores?Y aunque Minho quería abrazarlo, gritarle, arrastrarlo lejos de ese campo de masacre... no pudo moverse. Porque había algo en los ojos de su hermano que no conocía. Un abismo. Y entendió entonces lo que todos temerían por años: Felix no era un arma. Era una maldición viva. Desde ese día, nadie volvió a decir su nombre durante una misión de alto riesgo. Solo una palabra bastaba: Rosa Carmesí.Los informes fueron clasificados. La historia fue disfrazada. Pero los rumores crecieron. El asesino vestido de sangre, que no tenía compasión. El ángel carmesí con rostro de niño y manos de demonio. El arma secreta de los Lee.Y por las noches, algunos cazadores aún soñaban con los gritos. Con ese lago rojo. Con la figura pequeña danzando entre la muerte con las espadas en alto y los ojos vacíos. El día en que Rosa Carmesí nació... el mundo de los lobos cambió para siempre.

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