Si vamos a caer, que sea juntos

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Que el mundo arda... mientras tú sigas conmigo. Las llamas aún bailaban en el fondo de sus pupilas cuando Félix entró a la sala de guerra. El silencio fue inmediato. Ya no era simplemente el joven Lee. No más el dulce hijo de Lia, el hermano menor del respetado Minho. Era él . El monstruo. El secreto más temido por sobrenaturales y humanos por igual. El Rosa Carmesí.—Así que es cierto... —susurró uno de los cazadores de alto rango, lo suficiente bajo como para no atreverse a decirlo en voz alta, pero no tan bajo como para escapar del oído entrenado de Felix. Un par de lobos retrocedieron instintivamente al verlo pasar. Aunque los aliados, su instinto de conservación gritaba: corre.Hyunjin entró detrás de él, su presencia más firme que nunca, como si llevara el peso del mundo en los hombros... y por primera vez, estuviera dispuesto a sostenerlo. Miró al grupo con la frente en alto. 

¿Algún problema con el hecho de que el chico que los ha salvado una y otra vez ahora tenga un nombre? —Hyunjin escupió con ironía. Nadie respondió. Nadie podía.Félix ignoró todo. Caminó directo al centro de la sala, dejó caer un mapa y marcó los puntos de entrada. Era una nueva misión. No una cualquiera: era una operación conjunta, sobrenaturales y cazadores, contra un antiguo laboratorio donde se habían estado gestando híbridos como él. Abominaciones, los llamaban. Ni siquiera nacidos. Creados.—Entramos al amanecer —dijo, su voz rasgada, más grave de lo habitual. Sus ojos, profundos como una herida mal cerrada—. Esta vez... nadie queda vivo. Nadie.Hyunjin no lo interrumpió. Solo lo miró. Y cuando los demás salieron, se acercó lentamente a Félix, deteniéndose justo detrás de él. 

Félix... —susurró su nombre como si tuviera espinas en la lengua—. ¿Qué estás haciendo?El pecoso cerró los ojos por un instante. Cuando habló, no fue como Rosa Carmesí. Fue como el niño que una vez amó hasta quebrarse. —¿Qué se siente, Hyunjin? ¿Saber que perdiste al amor de tu vida y creaste al asesino más temido de este continente ... todo en la misma persona?Hyunjin no supo qué responder. Porque lo que sentía era justo eso: Dolor. Culpa. Deseo. Y miedo. —Félix... si vamos a caer, que sea juntos. ¿Sí?El menor lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos brillaron con algo que no era rabia. Era amor... roto, sucio, arruinado. Pero aún vivo.—¿Aunque el mundo arda? —preguntó, como quien ya no espera salvación.Hyunjin sonrió triste. —Que arda el mundo. Solo no me dejes.Y esa noche, cuando se besaron, lo hicieron con el corazón aún sangrando. Como quien se abraza al borde del abismo. Como quien sabe que mañana podrían morir... pero al menos morirían juntos.

Después de la confesión de Félix, el mundo no volvió a ser igual. La verdad ya no podía ocultarse. Rosa Carmesí no era un mito. Era real. Era él. Y ahora todos lo sabían. Los sobrenaturales comenzaron a reunirse en asambleas urgentes. La noticia se esparció como un virus por las montañas, los valles, los clanes. Algunos lo llamaban un monstruo. Otros, un arma. Unos pocos, un salvador. Pero nadie podía ignorarlo. Nadie podía dormir tranquilo sabiendo que el asesino de cien lobos tenía nombre, rostro... y estaba entre ellos. —¿Tienes miedo? —preguntó Seungmin en voz baja, mirando el fuego de la sala de reuniones.—¿De Félix? —. No. Pero tengo miedo de que los demás lo estén. Y hagan estupideces.  

Mientras tanto, en las sombras, la familia Lee hacía lo posible por controlar el caos. Desmentidos. Falsas declaraciones. Manipulación de prensa sobrenatural. Pero Félix... Félix ya no quería esconderse.—No soy un secreto —dijo, firme—. Soy una advertencia. La última misión se aproximaba. Una red secreta de laboratorios, escondida bajo una montaña abandonada, seguía creando híbridos como él. Niños, torturados, moldeados, rotos. Debían destruirlo todo.La misión requería a los mejores: Chan, Minho, Seungmin, Jeongin. Hyunjin y Felix, al mando.Pero antes de partir, hubo una última noche. 

Hyunjin encontró a Felix en la azotea de la base Lee, mirando las estrellas.—¿Qué ves cuando las miras? —preguntó.—Un lugar donde no llegaremos nunca —respondió el pecoso, sin girarse.Hyunjin se acercó. Su presencia, ahora, era una mezcla de dolor, ternura y un miedo constante a que Félix desapareciera.—Yo también las miraba cuando te perdí —murmuró—. Pensaba en si me odiarías por siempre. O si me dejarías intentarlo otra vez.Félix cerró los ojos.—Me dejaste en el momento en que más te necesitaba. Me usaste. Y me rompiste. ¿Cómo se repara eso?Hyunjin no respondió. No con palabras. Solo se arrodilló frente a él, y apoyó la frente contra su abdomen, temblando.—No quiero que me perdones. Solo quiero seguir cayendo... contigo.Félix lo miró. En su pecho, la furia y el amor ardían igual de fuerte.—Si vamos a caer... —susurró él—. Que sea juntos. A la mañana siguiente, partieron. La misión final estaba en marcha.Pero sabían que no todos volverían.

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