Donde el tiempo se detiene

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El viaje había sido idea de Shikamaru y Kakashi: un lugar oculto entre las montañas, donde los cerezos nunca dejaban de florecer y las aguas termales brotaban entre la niebla. Un sitio sin misiones, sin informes, sin deberes... Solo para ellos.

Naruto y Sakura llegaron al atardecer, montados en un ave invocada por el Sabio de las Montañas. El cielo ardía en tonos naranja y lavanda, mientras los pétalos rosados caían como lluvia lenta.

El pequeño ryokan que los hospedaba tenía apenas tres habitaciones. Silencio. Aromas a té, a madera, a tierra húmeda. Todo era cálido, sencillo... y perfecto.

Sakura se recostó en el futón, riendo mientras Naruto se peleaba con su yukata.

—No puedo creer que me hayas traído a un lugar donde no hay ramen —protestó, aunque ya con media sonrisa.

—No hay ramen —replicó ella, cruzando los brazos con fingido tono serio—. Pero hay algo mucho mejor.

Naruto arqueó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Qué podría ser mejor?

Sakura se acercó, se subió a su regazo y le rodeó el cuello con los brazos. Sus labios estaban tan cerca que él dejó de respirar un instante.

—Yo.

Naruto se ruborizó como si aún tuviera trece años, pero luego, la besó. Largo. Profundo. Hasta que el yukata ya no importó y la habitación se llenó de risas, suspiros y suaves gemidos.

Pasaron el primer día entre sábanas y besos, entre baños termales privados y caminatas descalzos por los senderos cubiertos de pétalos. Naruto, siempre el niño inquieto, se detenía a cada instante a mirar el cielo, el lago, la forma en que Sakura reía con la cabeza inclinada hacia atrás.

—¿Sabes? —le dijo una noche, mientras estaban sumergidos en la fuente termal, ella entre sus brazos—. Siempre pensé que mi destino era proteger la aldea. Pero contigo... siento que tengo un destino personal. Algo solo mío.

Sakura le acarició el rostro con ternura.

—Naruto... tú salvaste al mundo. Pero ahora es tiempo de que te salves a ti mismo. Y yo voy a estar a tu lado para ayudarte a vivir... no solo a luchar.

Naruto apoyó la frente en la de ella. Las estrellas brillaban sobre el agua tibia.

—Contigo... es como si el tiempo se detuviera.

—Entonces, que nunca vuelva a moverse —susurró Sakura, y se hundieron juntos bajo el agua, entre risas y besos.

Los días pasaban como sueños. Jugaban con las luciérnagas en la noche, cocinaban juntos bajo la mirada paciente de una anciana del pueblo, y a veces simplemente se quedaban acostados viendo cómo los pétalos flotaban en el aire.

En uno de esos momentos, Sakura tomó la mano de Naruto y la colocó sobre su vientre.

—Quiero que algún día... volvamos aquí. Pero no solos.

Naruto la miró con sorpresa, y luego su sonrisa fue tan luminosa que parecía haber amanecido dentro de él.

—Entonces, este será nuestro lugar secreto. El de la familia Uzumaki.

Y así, entre risas, pasión, y el murmullo eterno de los cerezos, Naruto y Sakura vivieron una luna de miel que no sería contada en pergaminos ni libros de historia...
Pero que se grabaría, indeleble, en sus corazones.

Ella mi centroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora