Solo tú y yo

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La celebración había sido hermosa. Música, risas, abrazos, palabras emotivas. Pero al final del día, cuando la última linterna flotó hacia el cielo y la aldea comenzó a dormir, ellos escaparon en silencio.

El Hokage y su esposa.
Naruto y Sakura.
Él y ella.

Subieron lentamente los escalones de la residencia Hokage, tomados de la mano. No era la primera vez que compartían ese hogar, pero esta vez se sentía distinto. Algo sagrado se había sellado entre ellos.

La habitación estaba iluminada apenas por la luz de la luna, filtrándose entre las cortinas. El kimono blanco de Sakura flotaba con gracia, y el cabello suelto le caía como seda sobre los hombros. Naruto, aún con su traje ceremonial desabrochado, la miraba como si fuera la primera vez que la veía.

—¿Estás cansada? —preguntó él en voz baja, aunque en sus ojos ardía algo más que preocupación.

Sakura negó suavemente, dando un paso hacia él.

—Estoy feliz. Contigo.

Naruto la rodeó con los brazos, abrazándola sin palabras. Permanecieron así por largos segundos, respirando el uno en el cuello del otro, como si quisieran grabarse el perfume de su piel.

—No puedo creer que seas mi esposa —susurró él, apenas audible.

—Lo soy. Por completo. —Y al mirarlo, sus mejillas se tiñeron de un rosa cálido, pero no apartó la vista—. Esta noche... solo quiero que seas tú. No el Hokage. No el héroe. Solo Naruto... el que amo.

Sus labios se unieron, esta vez con más profundidad. El beso fue lento al principio, pero pronto las emociones contenidas durante tantos años empezaron a desbordarse.

Naruto llevó una mano al rostro de ella, acariciando su mejilla con reverencia. Sakura deslizó sus dedos por el cuello de su yukata, desatándolo con delicadeza, como si cada pliegue fuera un secreto entre ellos.

Él la levantó suavemente en brazos, y Sakura rió contra su pecho.

—¿Qué haces?

—Cumpliendo un cliché —sonrió él, sonrojado—. Quiero llevarte así a la cama.

—Eres tan tonto... —susurró ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Pero eres mi tonto.

Naruto la recostó sobre las sábanas blancas, que olían a jazmín y a verano. Se inclinó sobre ella con cuidado, como si aún temiera romper algo precioso.

Las caricias se volvieron más lentas, más íntimas. Los suspiros llenaron la habitación como un canto suave. No había prisa. Ningún enemigo. Ningún deber. Solo ellos.

Sakura acarició las cicatrices de su pecho. Besó cada una como si fueran historias grabadas en su piel. Naruto besó su cuello, sus hombros, cada parte de ella como si la estuviera descubriendo por primera vez.

—Te amo, Sakura —dijo contra su oído, con la voz entrecortada.

—Yo también, Naruto. Más de lo que las palabras pueden decir.

El deseo creció, pero fue envuelto en ternura. La pasión, intensa, se convirtió en un acto de entrega completa. No hubo miedo, ni vergüenza, solo amor en estado puro.

Cuando todo se aquietó, Naruto permaneció abrazado a ella, con la respiración calmándose lentamente. Sakura, recostada sobre su pecho, dibujaba círculos invisibles con los dedos.

—¿Crees que nos esté viendo tu padre? —susurró ella, divertida.

Naruto rio suavemente, besándole la frente.

—Si lo está... seguro está feliz.

—Y yo también —respondió Sakura, mirándolo—. Porque esta noche, Naruto... encontré mi hogar.

Él la abrazó más fuerte, como si pudiera proteger ese instante del mundo entero. Afuera, la luna brillaba redonda y blanca, y en el silencio sagrado de la noche, los latidos de dos corazones sonaban al mismo ritmo.

Eran uno. Por fin. Para siempre.

Ella mi centroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora