Antes del Amanecer

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Escena: Naruto y Sakura se encuentran en la oficina del Hokage la noche antes de su boda

La luna colgaba alta sobre Konoha, bañando la aldea en un suave resplandor plateado. El edificio del Hokage estaba en silencio, ajeno al bullicio de los preparativos que envolvían la aldea. Solo una ventana permanecía iluminada en lo alto: la oficina del Séptimo.

Naruto estaba ahí, solo, de pie frente al ventanal. Llevaba puesta su chaqueta habitual, desabrochada, como si no tuviera la energía para estar erguido como de costumbre. En sus manos sostenía un pergamino enrollado: sus votos. La tinta aún fresca lo delataba.

—No puedo dormir —murmuró una voz suave detrás de él.

Naruto giró, sobresaltado... y sonrió.

—Sakura-chan...

Ella estaba de pie en el umbral, con una túnica clara sobre su ropa de dormir, y el cabello suelto cayendo en ondas sobre sus hombros. Sus ojos verdes buscaban los de él con ternura, pero también con esa familiar preocupación que siempre lo acompañaba.

—Sabía que estarías aquí —añadió ella, cruzando la sala hasta quedar frente a su escritorio.

Naruto desvió la mirada al pergamino.

—Quería asegurarme de escribirlo bien... tú mereces las palabras más sinceras del mundo —dijo, rascándose la nuca con una risa suave y nerviosa.

—Tú no necesitas escribir nada perfecto, Naruto —respondió ella, con una sonrisa cálida—. Me enamoré de tus palabras torpes y de tu corazón valiente. Lo demás... es adorno.

Naruto se rio bajito, con los ojos brillando.

—¿Y tú? ¿Por qué no estás durmiendo? Mañana es el gran día...

—Porque no quería terminar este día sin verte —confesó ella con honestidad—. Estuve rodeada de flores, telas, maquillaje, risas... pero solo pensaba en ti.

Hubo un silencio dulce. Naruto extendió la mano y ella la tomó sin dudar. Él tiró suavemente de ella hasta sentarla en su regazo, como si fuera lo más natural del mundo. Apoyó su frente contra la de ella.

—No puedo creerlo —susurró él—. Mañana vas a ser mi esposa. Y yo... el tipo que solía molestar a todos solo para que lo notaras.

—Y lo noté —respondió Sakura en voz baja, acariciando su rostro—. Siempre estuviste ahí, incluso cuando no sabía que te necesitaba.

Se quedaron así, en silencio, compartiendo el mismo aliento, las mismas emociones que habían madurado con los años.

—¿Tienes miedo? —preguntó Naruto, con franqueza.

Sakura lo pensó un momento.

—No —dijo al fin—. Contigo, no.

Naruto tragó saliva, sintiendo cómo se deshacía por dentro con esas simples palabras.

—Te juro que haré todo por hacerte feliz, Sakura-chan. Voy a protegerte, como siempre, pero ahora no solo como un shinobi... sino como tu familia.

Ella sonrió, y con un gesto suave, rozó sus labios con los suyos en un beso tierno, sin prisa. Un beso que no necesitaba pasión, porque estaba lleno de verdad.

Cuando se separaron, Sakura se apoyó contra su pecho, escuchando su corazón.

—¿Prometes no huir mañana? —bromeó ella, jugando con los pliegues de su chaqueta.

—Solo si tú prometes no golpearme si lloro en el altar —bromeó él, abrazándola más fuerte.

Ambos rieron, y por un instante, el mundo pareció detenerse.

Allí, en esa oficina donde tantas decisiones habían sido tomadas, donde tantas batallas se habían planeado, solo quedaba el silencio compartido de dos almas que por fin estaban listas. No como soldados. No como compañeros de equipo. Sino como amantes. Como hogar.

Cuando Sakura se levantó para marcharse, Naruto la retuvo un segundo más.

—Te veo mañana —dijo, con una sonrisa suave.

—Te espero en el altar, Hokage —respondió ella, con una mirada brillante antes de salir por la puerta.

Y cuando la puerta se cerró, Naruto miró al cielo una última vez esa noche.

—Gracias... por darme a ella —susurró.

El amanecer estaba cerca.

Ella mi centroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora